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Agentes literarias, el puente entre los autores y las editoriales

Estudió en Harvard Literaturas Romances y Clásicas y se graduó con honores. Después se trasladó a Nueva York para ser editor, como su padre, pero no pasó ninguna de las entrevistas laborales a las que se presentó. Cuando le preguntaban qué estaba leyendo, él decía: “Tucídides”. Respuesta errónea, según los entrevistadores, porque todas las puertas al mundo de las editoriales se le cerraron. “Me decían que para perdurar en el negocio tenía que leer la lista de los libros más vendidos —recordó en una entrevista que le hicieron para la cadena ACB—. Prefería dedicarme a la banca que a publicar basura”, concluyó. 

Pero no lo hizo y en 1980 Andrew Wylie creó su propia empresa. Hoy, apodado el Chacal, es reconocido por muchos como el mejor agente literario de la historia. Su agencia representa los intereses de Orhan Pamuk, Martin Amis, Jeff Koons, Vladimir Nabokov, Lou Reed, William S. Burroughs, Alessandro Baricco, Chinua Achebe, Rachel Cusk, Susan Sontang, Ali Smith, Dave Eggers, Philip K. Dick, José Saramago, Ian Kershaw, Lisa Randall, Édouard Louis, John Updike, Yiyun Li, Karl Ove Knausgard, Ismail Kadaré, Mo Yan, Heidi Julavits, Paul Theroux, Linn Ullman, Norman Manea, Teju Cole, Al Gore, Paolo Giordano, Rebeca Miller, Yukio Mishima, A.M. Homes, Claudio Magris, Oliver Sacks, Helen Oyeyemi, Adonis, Saul Bellow, David Byrne… y así hasta más de mil.

Wyle forma parte de un gremio que cuenta ya con una larga tradición. La figura del agente literario comenzó a formarse a principios del siglo XIX en Estados Unidos, pero hasta dos décadas después, cuando la profesión aterrizó en Gran Bretaña, no adquirió entidad de verdad. ¿Su misión? Según el Chacal dijo en una entrevista publicada en WMagazin: “Tener un interés genuino en lo que se hace. Un interés genuino en apoyar, de verdad, a los escritores en los cuales estás interesado. […] Los escritores son quienes deciden. Yo solo les indico cómo podrían tener una mayor audiencia global y recibir unos beneficios más justos. Somos como apostadores y las apuestas son altas”.

The Wylie Agency, con oficinas de Londres y Nueva York, tiene pendiente expandir su imperio por el mercado hispanohablante. Ya lo ha intentado en tres ocasiones y las tres con igual resultado. Quizá el motivo de su fracaso en la conquista de este mercado es la fortaleza de las agencias literarias en España y su estrecho vínculo y relación con Latinoamérica.

Las agencias literarias en España

Es imposible ignorar la escuela creada por la mítica Carmen Balcells y su agencia fundada en Barcelona hace más de sesenta años con el objetivo de profesionalizar la labor de los escritores. En muy pocos años revolucionó el panorama editorial al desterrar los contratos vitalicios y establecer cláusulas de cesión de derechos de una obra por tiempo limitado.Gracias a su lucha, los escritores hispanos pudieron empezar a vivir de los beneficios que generan sus obras. Su labor contribuye a impulsar una etapa de oro en las letras hispanoamericanas, conocida como el Boom.

Entre sus representados despuntaron jóvenes escritores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Pablo Neruda, Carlos Fuentes, Álvaro Mutis,Camilo José Cela o Miguel Ángel Asturias, a los que siguieron, entre muchos otros, Isabel Allende, Manuel Vázquez Montalbán, Carme Riera, Eduardo Mendoza, Rosa Montero, Juan Marsé, Miguel Delibes, Javier Cercas, Nélida Piñon, Antonio Lobo Antunes y un larguísimo etcétera de figuras literarias de todas las procedencias. La Agencia Literaria Carmen Balcellsha representado las obras de seis premios Nobel de Literatura.

Carmen Balcells falleció en 2015, a la edad de 85 años, pero el relevo estaba asegurado en esta profesión tradicionalmente liderada por mujeres y que hoy, más que nunca, parece tan necesaria. Así lo confirmó la escritora y periodista colombiana Laura Restrepo en una conferencia que ofreció en la madrileña Casa de América: “Sin un editor y un agente editorial es muy difícil escribir”. 

Palmira Márquez, socia fundadora y directora de Dospassos; Mónica Carmona, directora y creadora de Carmona Literary Agency; y Berta Bruna, agente literario en Sandra Bruna, llevan años haciendo posible que Laura Restrepo y otros muchos creadores como Kiko Amat, Ana Alcolea, Alejandro Palomas, María Barbal, Luisgé Martín, María Hesse, Patricio Pron, Carme Chaparro, Francesc Miralles, Sergio del Molino, Berna González Harbour, Jordi Solé, Víctor Amela y un largo etcétera, hagan lo que más les gusta: escribir y encontrar a sus lectores. 

Mónica Carmona (foto de Sylvia Sans)

Ellas son las intermediarias, el puente que une, o en ocasiones desune, a los autores y autoras con las editoriales. “Siempre bajo deseo de los autores —aclara Carmona—, la agencia literaria trata de conseguir el editor más adecuado a cada manuscrito, y con las mejores condiciones. En el caso de autores consolidados, se trata de engrasar el mecanismo que hace funcionar la cadena del libro, a veces reparando aspectos descuidados por la editorial. Bajo mi punto de vista, lo más provechoso es que editorial y agencia literaria unan fuerzas para impulsar la carrera literaria. Y con los autores noveles, se trata de que sean publicados por primera vez”. 

Este trabajo, que parece que podría resumirse en unas cuantas líneas, es mucho más complejo de lo que algunos creen. Su misión, además de acompañar a los autores que representan en el proceso creativo, es “que estos publiquen en las mejores editoriales, en el mayor número de países posible para conseguir el mayor número de lectores y que sus libros puedan viajar a otros formatos, por ejemplo, el cine y la televisión”, explica Márquez.

Es también responsabilidad de un agente ocuparse de los asuntos económicos de sus clientes y estar al tanto de si su trabajo cuenta con la distribución y comercialización adecuadas y si el marketing y la comunicación también lo son. Eso sí, siempre con un ojo puesto en las tareas administrativas —negociación de los contratos y las tarifas en su nombre, controlar la información sobre las tiradas, las ventas y los pagos— y “en preservar los derechos de autor de las obras de nuestros clientes”, como nos recuerda Bruna. Los derechos son cada vez más complicados, aparecen nuevas formas de comercializar el contenido, nuevos canales y formatos, “lo que hace 10 años era válido ahora no lo es —explica y añade—: Hay que encontrar un equilibrio entre llegar al lector y preservar los derechos. Por ello creo que cada vez es más necesario un profesional que ayude y oriente a los autores. Aunque sabemos que es complicado porque un agente no puede ayudar a todos los escritores que desearía”. 

Márquez también considera que esta es una parte crucial de su trabajo. “A mí me gustaría que la educación también mirase y velase por los derechos de autor y la propiedad intelectual. Al fin y al cabo, los libros, la literatura, son patrimonio cultural de todos. Así que no estaría mal que en las escuelas se hablase de ellos. Sería una forma, probablemente la mejor, de luchar contra la piratería”, concluye.

¿Y cómo se aprende todo esto? Parece una pregunta un poco simple, pero la realidad es que no hay una formación específica para graduarse como agente literario. Así que, como asegura Palmira Márquez, “este oficio se aprende andando”. Prueba de ello es también Mónica Carmona. El mundo editorial es más pequeño de lo que creemos y, como le sucedió a ella, eso “permite pasar de un bando a otro (de ser editor a agente literario o viceversa), al final no son tan diferentes; hay bastantes ejemplos de agentes literarias que comenzaron como editoras”. Como fue su caso: “Tras trabajar 16 años en Literatura Random House y Reservoir Books, hoy tengo mi propia agencia gracias al aprendizaje como editora”. Un camino de dos direcciones por el que Carmona recomienda transitar: “Desde hace unos años, creo que todo agente literario debería ser editor un tiempo, y todo editor, agente literario. Se tendría una visión más completa, enriquecedora”.

Palmira Márquez.

¿Qué cualidades debe tener un agente literario?

Hemos preguntado a Bruna, a Carmona y a Márquez las cualidades que ha de tener una buena profesional de su gremio. Con sus respuestas, fruto de sus muchos de años de trabajo y experiencia, hemos elaborado el perfil de la agente literaria perfecta:

  • Le gusta leer por encima de todo y sabe identificar el valor de una obra literaria.
  • Posee una dosis generosa de paciencia y fe, curiosidad y entusiasmo, muchísima discreción y cierta visión de futuro.
  • Acompaña a los autores que representa en el proceso creativo y es capaz de aconsejarles sobre cómo mejorar su obra.
  • Conoce las demandas de las editoriales de su país y de fuera y tiene muy buenas relaciones.
  • Es una buena negociadora, sabe escuchar a las partes y tiene flexibilidad en todos los sentidos.
  • Pelea por los derechos e intereses de sus autores y se encarga de quitarles ese trabajo tedioso que tiene que ver con lo administrativo y lo burocrático. 
  • Se mueve bien entre los dos mundos: la literatura y los negocios. 
  • Generar confianza y complicidad entre autores y editores. 
  • Tiene una gran capacidad de trabajo y mucha vocación. Es una profesión que demanda muchas horas. 
  • No se rinde ante un No.

Lo dicho: tan importante y necesaria se ha vuelto su función en el contexto actual que en los grandes mercados ya casi no quedan escritores que no tengan agente literario. Además, las grandes y las pequeñas editoriales, por lo general, prefieren recibir un manuscrito de un agente que del autor, y así se lo hacen saber a quienes les escriben directamente. Doubleday, una de las más importantes editoriales de Estados Unidos, decidió hace ya años no aceptar más propuestas recibidas directamente de los escritores. En ese momento estaban llegando a sus oficinas más de 10.000 manuscritos anuales. 

Está claro que a un editor le resulta mucho más fácil tratar con un agente, que con los 20, los 200 o los 1.000 autores a los que este represente. Además, les garantiza que, cuando les ofrece una determinada obra, es porque ya sabe que es adecuada para su catálogo y su política editorial. En síntesis, el agente funciona como el primer comité de selección de la editorial, y a veces como el único. “Se presupone que si les mandas un libro es porque algo bueno has encontrado en él y es digno de ser publicado. Creo que, y a pesar de lo que piensen algunos, el agente suma en la relación entre autor y editor. Al menos en mi experiencia es así”, asegura la directora de la agencia madrileña Dospassos. 

Hay editores que tienen una visión amplia y positiva del trato con las agencias literarias, sin embargo, como explica Carmona, “también hay alguno que piensa en nosotros como ‘el enemigo’ y está a la defensiva. Me parece una actitud estéril, que solo perjudica la carrera del autor. Tal vez esa sea la parte difícil de nuestro trabajo”. La directora y creadora de Carmona Literary Agency, fundada en Barcelona en 2016, reconoce que desde “su bando” también se cometen errores: “No soy partidaria de una labor superagresiva por parte de una agencia literaria. Hace poco, me contaron que una agencia extranjera terminó vendiendo los derechos de un manuscrito por menos de lo que el primer editor ofreció, es decir, por mera ambición económica se equivocaron de estrategia. Soy partidaria de buenos anticipos, pero no puede ser lo único que se valore en una oferta”.

Desde el punto de vista del autor es difícil llegar al editor adecuado de forma directa. Se calcula que hay más de 400 editoriales activas entre España y América Latina. ¿Cómo saber a cuáles enviar un manuscrito? Teniendo un agente literario que se encargue de ello. Y ¿cómo tener un agente literario? Tampoco parece tarea fácil cuando escuchamos el volumen de manuscritos que reciben mensualmente nuestras protagonistas. A los buzones físicos y digitales de Dospassos llegan, “entre los que nos envían de nuestros autores y los que nos vienen de fuera con la intención de que los representemos, más de 60, seguro”. Cifra muy similar a la se gestiona en Carmona: “A la web llegan del orden de 10 o 15 semanalmente. A estos se debe sumar los que lo hacen directamente a través de conocidos, autores de la agencia u otros contactos directos”. Como resume Bruna, es una locura”.

Sandra y Berta Bruna.

Y seguimos con las preguntas en busca de respuestas: ¿qué hay que hacer para que dentro de ese mar de #CreatividadDesbordante, como anuncia nuestro lema de España Invitado en la Feria del Libro de Fráncfort, alguien se fije en un escritor y su obra? Cada vez hay más competencia, por eso, Berta Bruna recomienda: “Lo primero que hay que hacer es conocer bien los puntos fuertes de tu obra y saber comunicarlos de forma clara y concisa en una primera presentación”. Para ello, según ella, los autores deben empezar a profesionalizarse, y tener muy claro lo que quieren vender. “Pero lo más importante es presentar un buen manuscrito, corregido, sin faltas y a poder ser trabajado”, concluye. 

Mónica Carmona cree que para lograrlo es condición sine qua non haber leído mucho antes. “Una vez llegó un manuscrito con una carta de presentación que decía: `No me gusta leer, pero me gusta escribir´. Borré inmediatamente el email sin dar oportunidad alguna al manuscrito”, confiesa y añade: “En todo caso, en esta agencia se leen todos los manuscritos que nos llegan. Me parece fundamental hacerlo, me sigue despertando gran curiosidad, y también es una muestra de respeto por el trabajo de tanta gente que dedica horas a la escritura”. 

Los criterios que sigue Márquez para elegir a sus autores los tiene muy claros: Que tengan calidad literaria y que le veamos carrera a futuro. Lo más bonito que tiene este oficio, entre las muchas cosas hermosas que tiene, es poder descubrir nuevas voces, nuevos talentos. Y en nuestro caso hemos descubierto algunos”. 

Carmen Balcells expresó mejor que nadie en una de las contadas entrevistas que concedió en su vida el placer de esos grandes descubrimientos que hacen las agentes literarias y comparten con el resto de los mortales lectores: “La lectura es el acto más libre y solitario de un individuo. No se puede aprender nada sin leer y, cuando encuentras algo que te complace, es un placer irrepetible, una auténtica orgía del cerebro. Para experimentarla, no es ni siquiera necesario dedicarle muchas horas: leer 20 páginas de un libro importante te puede cambiar la vida”.