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Clara Campoamor, una vida de lucha feminista

De trabajar con 12 años en un taller de modistería a convertirse en una de las primeras mujeres diputadas en llegar a las Cortes de la Segunda República, Clara Campoamor cambió la historia de nuestro país cuando el 1 de octubre de 1931 hizo posible que se aprobara el sufragio femenino en España. Tenía entonces 43 años y se había pasado más de media vida combatiendo contra los límites que a principios de siglo XX se le imponían únicamente por su condición de mujer. 

Ahora, la Biblioteca Nacional conmemora los cincuenta años de su muerte con una exposición que se puede visitar hasta el próximo 16 de octubre y que repasa las luchas, conquistas y frustraciones de la escritora, política y abogada feminista.

Bajo el titulo Clara Campoamor Rodríguez: mujer y ciudadana (1888-1972), esta muestra, comisariada por Rosa Mª Capel Martínez y organizada por la Secretaría de Estado de Memoria Democrática, la Biblioteca Nacional de España y Acción Cultural Española, cuenta con un total de 368 piezas, entre las que destacan algunas de sus pertenencias personales y múltiples fotografías, y ofrece una oportunidad perfecta para conocer la vida de quien fue, además, una de las primeras abogadas españolas.

Una mujer hecha a sí misma

Nacida el 12 de febrero de 1888 –40 años después de la Convención de Seneca Falls, que había articulado el sufragismo estadounidense– la infancia de Campoamor no fue sencilla. Vecina del barrio madrileño de Malasaña, con una madre costurera y una abuela portera, tras quedarse huérfana de padre a los 10 años, tuvo que abandonar sus estudios para trabajar primero en un taller como modista y después de dependienta de un comercio. Autodidacta, opositó al Cuerpo de Telégrafos con 21 años y fue destinada a Zaragoza y, más tarde, a San Sebastián, para en 1914 poder regresar a Madrid, donde fue destinada como profesora de taquigrafía y mecanografía.

En los años 20, Campoamor conoció a varias activistas sufragistas, como Carmen de Burgos, y comenzó a colaborar en varias asociaciones por los derechos de la mujer, además de implicarse en la Sociedad Española de Abolicionismo de la prostitución y en actos pacifistas. Primera mujer en defender un caso ante el Tribunal Supremo, la madrileña fue también la primera española en pronunciarse ante la Sociedad de Naciones y pionera en ocupar la junta directiva del Ateneo de Madrid, donde coincidió con otras intelectuales como Margarita Nelken, Victoria Kent o María Lejárraga. Socia desde 1917, con 29 años, en la institución recuerdan que participó en las tertulias, estudió en su biblioteca y habló en su tribuna pública. 

Miembro de Juventud Universitaria Femenina, la Asociación Nacional de Mujeres Españolas y el Lyceum Club, con una mente privilegiada, en tres meses aprobó los seis cursos del bachillerato que no había podido cursar y en dos años se licenció en Derecho. Tenía entonces 36 años y, en 1925, se había convertido en la segunda mujer, por detrás de Victoria Kent, en formar parte del Colegio de Abogados de Madrid. 

El sufragio femenino y los derechos de las mujeres

Feminista, de ideas republicanas, se negó a colaborar con la dictadura de Primo de Rivera y ayudó a fundar la Juventud Universitaria Femenina, el Lyceum Club Femenino y la Federación Internacional de Mujeres de Carreras Jurídicas. En octubre de 1931 creó la Unión Republicana Femenina para combatir el ambiente adverso al voto femenino. Según se recuerda a lo largo de la exposición de la Biblioteca, con textos de Capel Martínez, Campoamor llegó a la política en las filas del Partido Radical y fue elegida diputada en las primeras Cortes de la Segunda República por la provincia de Madrid, en las que destacó su alegato a favor del voto femenino, su intervención sobre la ley del divorcio y su apoyo a las reformas legales a favor de la mujer. 

El recorrido de la muestra, que pone atención al contexto internacional, referido a los primeros movimientos feministas, y al nacional, que recoge la posición de las mujeres en la sociedad y su evolución durante los años anteriores a la Guerra Civil, aporta un breve repaso al sufragismo que en 1900 había logrado el reconocimiento de los derechos educativos, laborales y civiles reclamados por las mujeres. “El voto femenino, en cambio, seguía suscitando fuertes resistencias –se explica–. Sólo Nueva Zelanda lo tenía aprobado desde 1893; le siguieron Australia (1902) y Finlandia (1906)”. Y, pocos años después, Noruega y Suecia. 

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En España, 1931 marcaría la diferencia.  «El primero de octubre fue el gran día del histerismo masculino dentro y fuera del Parlamento», escribiría la abogada más tarde en Mi pecado mortal. El voto femenino y yo, donde continuaba: “Resolved lo que queráis, pero afrontando la responsabilidad de dar entrada a esa mitad de género humano en política, para que la política sea cosa de dos, porque solo hay una cosa que hace un sexo solo: alumbrar; las demás las hacemos todos en común, y no podéis venir aquí vosotros a legislar, a votar impuestos, a dictar deberes, a legislar sobre la raza humana, sobre la mujer y sobre el hijo, aislados, fuera de nosotras”. 

En un acalorado debate en el que se habían enfrentado dos mujeres, Victoria Kent –defensora de que la mujer aún no estaba preparada para ejercer este derecho– y la propia Campoamor, el resultado fue de 121 votos en contra –muchos de su propio partido– y 161 a favor. Dos años después los partidos de derechas ganaron las elecciones y, aunque ninguna de las dos consiguió renovar su escaño, lo cierto es que aumentó la presencia femenina en el Parlamento, que pasó de dos a cinco mujeres. En 1934, Campoamor presentó su dimisión y abandonó el Partido Radical por incompatibilidad con sus ideas.

Últimos años en el exilio

Tras el estallido de la Guerra Civil en 1936, la activista feminista abandonó España. “En Lausanne deja a su madre con Antoinette Quinche y viaja a Buenos Aires. Allí, alejada de la política, despliega una intensa actividad: colaboradora de un bufete, periodista, escritora, traductora y conferenciante”, cuentan durante el recorrido de la exposición. Acusada de ejercer la masonería por la dictadura franquista –aunque nunca constó legalmente que perteneciera a la logia– y condenada, por ello, a 12 años de prisión, permaneció en el exilio donde se dedicó a la escritura de diversas obras sobre feminismo. 

En estos años, publicó La revolución española vista por una republicana en París y varias biografías de personalidades de la cultura como Concepción Arenal, Sor Juana Inés de la Cruz o Quevedo. En 1955, después de vivir 17 años en Argentina, regresó a Lausanne. Allí continuó dando conferencias y trabajó en un bufete de abogados hasta que perdió la vista. A pesar de que nunca renunció del todo a la idea de poder regresar algún día, jamás pudo volver a España. El 30 de abril de 1972 Clara Campoamor murió de cáncer y, posteriormente, sus restos fueron traslados a San Sebastián.