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De la palabra escrita a la voz: cómo se hacen los audiolibros

8/12/2021

Muchas personas leen libros sin utilizar los ojos. Los escuchan. Y no son pocas: el 5,2 % de la población lo hace al menos una vez, un 79 % más que hace dos años. Editoriales como Penguin Random House, Planeta o Ediciones Maeva producen sus propios audiolibros y los distribuyen en sus webs o a través de plataformas especializadas como Storytel, Audible o Ivoox, entre otras. 

La clave en un audiolibro es la palabra hablada, sin adornos. Salvo algunos títulos infantiles o juveniles, la inmensa mayoría de audiolibros no tiene efectos de sonido y son pocos los casos en los que hay más de una voz. Ante estas limitaciones, dar con el locutor o la locutora perfecta es fundamental.

La primera gran pregunta que se hacen las editoriales es el sexo del locutor. Si la historia está contada en primera persona, la elección es sencilla: un narrador hombre tendrá una voz masculina, y lo mismo si la narradora es mujer. 

Para historias en tercera persona es distinto. Las editoriales suelen optar entonces por hacer coincidir el sexo de quien locuta con el de quien escribió la historia, buscando el efecto de que el oyente escuche al autor; efecto que hoy se consigue de la forma más directa posible porque, aunque no son muchos todavía, ya hay autores que ponen voz a sus palabras. Por ejemplo: Elvira Lindo, Isabel Allende, Elvira Sastre, Andrés Neuman o Marta Sanz, entre otros.

Un producto coral

Aunque gran parte del desarrollo de un audiolibro lo realiza la persona que pone voz al texto, acompañada de un micrófono y una tableta, hay que añadir un pequeño equipo de personas que participan en otras fases del proceso: el técnico de sonido que asiste la grabación, el editor encargado de eliminar las respiraciones y hacer que el corte de sonido quede limpio, el corrector de la editorial que revisa el audiolibro y una figura que no siempre aparece pero que es crucial cuando lo hace: el director.

Elena Silva es actriz de doblaje, locutora, directora, profesora y fundadora del estudio La habitación con una cama. Como directora, su función es preparar al narrador y transmitirle la personalidad de los personajes y el tono de la historia. “El director está para orientar al locutor, para decirle ‘no te aceleres’ o ‘no te pongas triste porque tu personaje no puede saber eso todavía’. Cuidamos mucho la interpretación”.

Página de El cuaderno dorado, de Doris Lessing, con acotaciones y los personajes señalados en distintos colores. Fuente: Elena Silva.

La grabación de un audiolibro

Por lo general, para sacar una hora de narración lo normal es invertir el doble de tiempo o incluso más. Un audiolibro de 10 horas fácilmente habrá necesitado 20 o más horas de grabación. A esto hay que añadir la preparación antes de ponerse a grabar y su edición de sonido, además de las revisiones que se hagan a propuesta del corrector de la editorial.

“El gran problema del audiolibro es que es un libro. No está hecho para ser verbalizado con la voz, sino para ser leído mentalmente”, afirma Ángel G. Morón, locutor, actor de doblaje y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y también en Atresmedia Formación, donde enseña a locutar audiolibros.

Para Ángel, hay géneros que pueden resultar más fáciles que otros. Las oraciones subordinadas que pueblan algunos ensayos dificultan su versión narrada. Las novelas son, por lo general, más fáciles, siempre que tengan un número de personajes razonable, pues la mayoría de los audiolibros tienen a un solo narrador que pone voz a todos ellos.

Pero la dificultad también depende de circunstancias ajenas al autor. Ángel cuenta que una vez se encontró un “andé” en un diálogo. Como la palabra aparecía en una conversación trivial y no tenía sentido que estuviera caracterizando al personaje, el narrador habló con la supervisora de la obra. En un primer momento, ella le dijo que lo grabara así, cosa que Ángel hizo, pero tiempo después le pidió que corrigiera la palabra porque se trataba de un error de traducción. “Hasta ese punto hay que respetar la literalidad”, afirma Ángel.

El texto es sagrado… casi siempre

Existen otros casos en los que las editoriales dan más manga ancha en sus audiolibros. Son excepciones que se permiten cuando el autor de la obra plantea un juego que tiene sentido en el libro pero que no es posible llevarlo a la palabra hablada. 

Elena cuenta que, cuando puso voz a Papel y tinta —uno de los audiolibros más largos que ha hecho, de 28 horas—, su autora, María Reig, planteó una escena compleja. Tenemos a la protagonista, que estudia francés, y a un personaje importante que es francés. Ambos se encuentran en un evento de españoles no particularmente duchos en el idioma de Napoleón. En un momento, el personaje masculino decide transmitirle una confidencia a la protagonista en francés, para asegurar el secretismo. La autora escribió el mensaje tal cual en el libro y añadió la traducción a pie de página, algo imposible en un audiolibro. “Como esa información no la podías perder, lo solucionamos haciendo que el personaje le susurrara el mensaje en español”, explica Elena.

Otras veces el autor de la obra complica la vida a los locutores. Ocurrió con La emperatriz de los Etéreos, de Laura Gallego, donde se decía que uno de los personajes tenía una voz “no humana y hablaba como a borbotones”. “Le metimos mucho seseo, porque el personaje era de agua (es un libro fantástico), y ahí sí pudimos meter un efecto de sonido”.

En el libro de Enid Blyton Santa Clara 1. Las mellizas cambian de colegio, se habla de lacrosse, deporte poco conocido que se explicaba al pie. La solución para el audiolibro fue incluir una pequeña definición en el diálogo. Fuente: Elena Silva.

Tanto Elena como Ángel coinciden en que una de las claves de un buen locutor es huir de la palabra leída. “Un audiolibro no se lee, sino que se cuenta”, explica Ángel. “Lo digo siempre en mis clases: aquí venimos a dejar de leer. Vamos a desaprender a leer en voz alta y a aprender a contar cosas”.

Para Ángel, cualquier persona tiene capacidad para verbalizar un texto, pero debe cumplir tres requisitos. “No tener problemas de dicción, tener una voz más o menos agradable y, sobre todo, le tiene que gustar esa capacidad que tenemos los seres humanos de contar cosas y transmitirlas con verdad”.