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Correctores: los guardianes del lenguaje

Porque errar es humano y cuatro ojos ven más que dos, los correctores son parte imprescindible en la producción del libro. Aunque parte de su esencia radica en conseguir que no se les vea, ellos son los que velan por el buen uso del lenguaje y salen a la caza de fallos gramaticales, errores tipográficos o de edición. Y es que, como dicen en la asociación española de profesionales de la corrección, UniCo (Unión de Correctores), la suya “es una profesión tan invisible como necesaria”. Son, en palabras de Violeta Martínez-Alcañiz, “los guardianes del lenguaje”. Hablamos con ella y con otros dos profesionales del sector, María Costa y Víctor Javier Sanz, que nos cuentan su experiencia en esta profesión.

Licenciada en Filología Hispánica y máster en Edición, Costa se especializó en corrección en la academia Cálamo y Cran. Desde entonces, lleva 16 años dedicándose a corregir textos. Particularmente manuales didácticos y trabajos académicos, algo que le ha llevado, además, a trabajar entre otros con grandes autores como Almudena Villegas, Premio Nacional de Gastronomía y una de las figuras más importantes dentro de la historia de la gastronomía mundial. El truco, defiende, está en estar formándose constantemente. “Soy una estudiante permanente porque esta profesión te exige que lo seas —comparte—. Para lograr ser correctora, además de tener un profundo conocimiento de la norma y saber utilizar las herramientas idóneas que requiere cada texto, hace falta mucha práctica y estudio”. 

María Costa

La capacidad de adaptarse a diferentes materias es un plus en esta profesión también para Víctor Javier Sanz. “Llevo en esto cerca de diez años y he trabajado para autores independientes (noveles y superventas), editoriales y universidades —explica—. He corregido de todo. De mayor a menor frecuencia: ficción de todos los géneros, biografías, autoayuda, ensayos, tesis doctorales, textos divulgativos, textos web, blogs…”. De todo, reconoce, menos poesía. “No me siento competente en ese campo”, confiesa al tiempo que valora que corregir “exige grandes dosis de conocimiento que luego hay que aplicar con precisión, pero con flexibilidad. En ese contexto me siento muy cómodo”.  

Con algo menos de experiencia, aunque no se quede atrás tampoco, Violeta Martínez-Alcañiz inició su carrera en 2016, año en que recibió su primer encargo. Una novela de un autor hispanoestadounidense con el que volvió a colaborar en varias ocasiones después. Aparte de eso, por sus manos han pasado trabajos de fin de máster, tesis doctorales, manuales de empresa, monografías o temarios académicos. “Adoro que lleguen a mis manos textos de tan diversa temática, porque siempre me permite aprender algo nuevo —comparte—. Este trabajo tiene también algo de artístico: somos como escultores que, con nuestro cincel, vamos dando forma a un bloque de mármol según las directrices que alguien nos da. Y, además, supone un reto diario, porque la lengua es materia viva, está en constante cambio y, por tanto, las reglas con las que trabajamos no son totalmente fijas. Debemos estar en guardia y atentos a la transformación de la ciudadanía y al latir de la sociedad para interpretarla y lograr que cada texto diga exactamente lo que quiere decir”.

La corrección, paso a paso

Pero, ¿y cómo es exactamente su trabajo? ¿Qué hacer cuando llega el manuscrito? “En primer lugar, hago una lectura general y anoto todas las dudas y errores comunes —responde Costa—. Siempre he dicho que para ser correctora tienes que ser una dudadora nata. Después ya entro en materia y comienzo la corrección. Por supuesto, intento gestionar adecuadamente los tiempos y hacer descansos de lectura. Eso sí, dejo para el final la paginación, la bibliografía, las notas a pie y otras secciones anexas. Por último, siempre hago una revisión final minuciosa para cazar posibles errores que se me hayan pasado”. Todo depende, apunta, del tipo de texto con el que trabaje. A veces, se dan ciertas particularidades como, por ejemplo, con los textos publicitarios. “Ahí los tiempos con los que cuentas son bien distintos. Prima la agilidad y la seguridad de que estás comunicando el mensaje correcto”.

Para Sanz el procedimiento varía igualmente de un trabajo a otro. “Diría que no es posible aplicar el mismo método a textos con distinto nivel de acabado. Hay textos que solo necesitan una corrección ortográfica y cuatro consejos de estilo, pero hay otros que, prácticamente, hay que reescribirlos o, cuando menos, reestructurarlos para que el lector entienda lo que lee», explica. Como recuerda, “tener la intención de escribir un libro, e incluso la capacidad de hacerlo, no significa que el resultado sea algo que el lector pueda entender así, sin más. Muchas personas tienen la intención de escribir y se ponen a ello y lo consiguen, pero no todo el mundo tiene la capacidad de expresar con acierto lo que quiere decir y de colocarlo en el orden en el que debe llegar al lector para que cause el impacto que desea”, analiza.

Además, como bien apunta Sanz, el trabajo con el manuscrito viene determinado por el tipo de encargo que hace el cliente. “A veces, por la razón que sea, piden solo la ortografía, otras veces la ortografía y el estilo. Y cada vez más, me encargan el análisis estructural y funcional del texto”. En este caso, si el texto es de ficción, su trabajo se centra “en los personajes y su arco evolutivo, en la trama y su desarrollo, en el conflicto narrativo y su intensidad, en la voz narradora, en el lenguaje literario… Busco, en fin, todos los puntos débiles y propongo soluciones, en ocasiones literales, para subsanarlos o, si no es posible, atenuarlos”. 

Trabajar en sintonía

Bajo este tipo de encargos, cuenta el corrector, el tiempo se dilata y el contacto con el autor se intensifica. Los tres, al menos, coinciden en la importancia de mantener la comunicación con los escritores. “En mi caso, sobre todo cuando trato con clientes particulares, me gusta mantener con ellos un contacto fluido —afirma Martínez-Alcañiz—. Si el manuscrito que hay que revisar es largo (una tesis, un ensayo, una novela…), les suelo ir enviando muestras conforme avanzo. Así pueden ir viendo las correcciones que les marco con el control de cambios y los comentarios que les hago al margen cuando me surge alguna duda». 

Violeta Martínez-Alcañiz

«Si esta es muy urgente porque me impide seguir avanzando, los llamo directamente por teléfono y lo comento con ellos. La comunicación es importante —subraya—, sobre todo con autores noveles o con personas que no han tenido antes mucho contacto con el mundo de la corrección, para transmitirles la confianza y el valor que aporta a su texto nuestro trabajo. Además, conocerlos, aunque sea un poco, me ayuda a entender mejor su forma de expresarse y los objetivos que persiguen con su texto”.

Coinciden con ella Sanz y Costa a quienes les gusta tener contacto directo con el autor, el diseñador y el editor de la obra. “Es muy importante que los profesionales que intervenimos en un libro o en cualquier texto escrito estemos coordinados y trabajemos en la misma línea”, mantiene esta última.

Errores inconscientes

Más complicado, les resulta a los tres determinar cuánto tiempo puede llevar corregir una obra, algo que depende, primero, del tipo de corrección que se encargue (ortotipográfica, de estilo o de pruebas), pero particularmente de la extensión y del nivel del texto. “El criterio más obvio es la longitud del manuscrito, claro. Pero depende, asimismo, de su nivel de dificultad: no es lo mismo corregir una tesis doctoral sobre física cuántica que una novela corta de ficción”, matiza Martínez-Alcañiz.

Porque sí, la extensión y el nivel del texto son determinantes, advierten los tres. “He corregido novelas de más de ochocientas páginas que, en términos relativos, necesitaron pocas correcciones; y he corregido textos de cien páginas que necesitaron incontables correcciones —coincide Sanz—. Quien desconoce algo suele desconocer que lo desconoce: quien comete errores escribiendo, generalmente, no lo sabe”.

Víctor Javier Sanz

Y es que, como recuerda Costa, corregir es una tarea compleja. “Los correctores debemos conseguir que el mensaje llegue de forma rigurosa al lector y respetar siempre el estilo del autor —tercia—. El tiempo que se invierte en la corrección depende del nivel de intervención del texto, del tipo de corrección, del original y de los tiempos de la editorial. Sí existen herramientas que nos ayudan a agilizar nuestro trabajo, pero no es, para nada, una tarea mecánica. Recuerdo un breve manual de cincuenta páginas de emprendimiento que me llevó más de un mes de ardua labor porque el autor no aceptaba algunas de mis correcciones”.

Un puente invisible con el lector

Sin corrección, reivindican, el texto se resiente y pierde calidad. Y, sin embargo, como denuncia Sanz, “no es fácil encontrar en los créditos de un libro el nombre de la persona que lo ha corregido. Es fácil deducir, por tanto, que no es una tarea suficientemente valorada por quienes, sin embargo, la entienden como imprescindible para publicar un libro con un mínimo de calidad. Si de todo exigimos un mínimo, ¿por qué de los libros no?”, plantea. 

Asimismo, para Costa “el corrector de textos es una figura fundamental en el proceso de publicación de cualquier escrito. Sin esa fase, sin ese eslabón de la cadena es imposible publicar un texto con calidad. Lamentablemente, no se valora lo suficiente, pero UniCo y todos los profesionales que defendemos este oficio seguiremos luchando para lograr su reconocimiento”.

Martínez-Alcañiz, miembro también de esta asociación de profesionales de la corrección de textos, cree que “gracias a su esfuerzo, cada vez hay más personas que valoran nuestra labor y están dispuestas a pagar lo que corresponda para lograr la mayor efectividad de su texto —celebra la joven—. Nos confían su creación, dejan su obra en nuestras manos, y eso es un gran honor, pero también una gran responsabilidad. A veces pienso que somos una especie de guardianes del lenguaje: velamos por un uso claro, correcto, preciso, eficaz, incluyente. Servimos de puente para que los mensajes lleguen a su público objetivo y sean comprendidos de forma adecuada. Ponemos orden en la entropía que supone el empleo particular de la lengua que hacen millones de hablantes. Y lo hacemos sin que se note nuestro paso por el texto, porque ahí radica nuestro éxito como correctores”.