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Diseño editorial: cuando juzgar un libro por su portada merece la pena

Eric Coll, Pedro Viejo y Artur Galocha llevan años dedicándose al diseño editorial. Sus nombres están detrás de las portadas de algunos de los libros más vendidos en nuestro país. Fariña de Nacho Carretero, Simón de Miqui Otero o Sakura de Matilde Asensi son algunos de estos títulos que hemos visto infinidad de veces tras los escaparates de las librerías. Tal vez, como dice la sabiduría popular, “no hay que juzgar un libro solo por su portada”, pero ¿y si nos detenemos un segundo a observarlas? ¿Qué se esconde tras este trabajo artístico?

“Creo que el libro es el mejor objeto del mundo, así que tener el privilegio de hacer portadas es un regalo”, afirma Galocha, encargado de dar forma a las cubiertas de Libros del KO. Periodista de formación, ha trabajado en varias publicaciones como director de arte e infografista, cargo que ostenta actualmente en el Washington Post. Fue en 2012, cuenta, cuando conoció a Emilio Sánchez, uno de los fundadores de esta editorial especializada en crónica periodística, y le propuso hacer un par de portadas para la colección Hooligans Ilustrados. “Les gustó y desde entonces he hecho otras cuarenta”, cuenta.

De entre todas sus obras, la novela de Nacho Carretero es probablemente el trabajo por el que más se le admira. “Es la que ha tenido más recorrido y reconocimiento -reconoce-. Y Fariña me costó. Me costó encontrar una buena idea, probé muchas cosas y fallé mucho en el proceso. Pero al final das con una idea que parece obvia, que la ves desde fuera y piensas que no podía ser de otra manera. Creo que ahí está el éxito de este tipo de portadas, que el lector las vea y sienta que le hablan a él, que juegan con conceptos que ya estaban previamente en su cabeza”.

Artur Galocha

Un sector en constante movimiento

La misma debilidad por el libro de Galocha, es lo que llevó a Viejo, que había trabajado en el diseño de logotipos para grandes empresas en Alemania, a aceptar un puesto en Planeta Madrid como director de Arte cuando regresó a España. “Me pareció muy interesante, por conocer otro sector y por la afición que tengo a la lectura desde siempre”, recuerda. Aquello, reconoce, fue una gran escuela. “Hice un montón de cubiertas para sellos como Planeta, Espasa, Martínez Roca, Temas de hoy, etc., pero, tras ocho años en la empresa, decidí trabajar por mi cuenta para ampliar mis horizontes”. 

Desde entonces, ha colaborado además con La Esfera de los Libros, algunos sellos de Penguin Random House, y editoriales más pequeñas como Volcano o Ático de los Libros. “Últimamente me escriben también bastantes autores que se quieren autopublicar en Amazon y necesitan una portada profesional –añade–. El editorial es un sector que se está moviendo y cambiando muy rápidamente, en contra de la imagen de inmovilismo que puede tener”, tercia. 

Diseñador gráfico, Coll, por su parte, dirige junto a Sergio Ibáñez su propio estudio desde 2008, bajo el nombre de Setanta. “Recuerdo nítidamente cómo nos trataron de locos por querer montar un estudio enfocado al diseño editorial en plena transformación digital. Por suerte, quince años después, los libros en papel gozan de una salud esplendorosa y seguimos trabajando más que nunca”, comparte. 

Autores del diseño de algunos títulos de Blackie Books y Edicions Poncianes, las cabeceras de Candy Magazine y El Estado Mental, o los catálogos para el Museo Picasso y la Fundación Miró de Barcelona, por citar algunos ejemplos, ambos se conocieron cuando Coll cursaba el último año de su carrera e Ibáñez, que entonces diseñaba la revista AB, dirigida por Yolanda Muelas, le propuso formar parte de la redacción diseñando “un hermanito pequeño: la revista Micro”, una agenda cultural de la ciudad en formato bolsillo. “Trabajar en ese engranaje por dónde pasaban todo tipo de colaboradores; fotógrafos, ilustradores, diseñadores de moda, redactores, músicos… me fascinó, e imagino que fue un primer paso para descubrir mi vocación”, recuerda.

Qué hay detrás de una portada

Pero, ¿qué se esconde detrás de la imagen de un libro? “Una idea y mucho trabajo coral”, responde el propio Coll, que explica que diseñar un volumen puede llevarles desde una mañana a, incluso, un par de años dependiendo del proyecto. La idea, añade, tiene que ser “la que mejor sintetice el contenido de la obra, y el trabajo coral que requiere el empeño de todos los implicados: el editor que realiza el briefing, el diseñador que concibe el aspecto puramente gráfico y de producción y dirige a los colaboradores –ilustradores, fotógrafos, etc.–, y el impresor que produce el objeto final. Todo ello bajo la atenta mirada del autor, quien también debe dar su visto bueno, claro”. 

Para Galocha una portada de un libro debe “llamar la atención, atraer al lector, pero también resumir en un vistazo el tema, el tono y el estilo del libro. Es su traje, su carta de presentación visual. Dedicándome al periodismo creo que es mucho más importante el significado que la estética. Y mis portadas siempre tienden a lo conceptual, a jugar con la idea del libro. Suelo tardar mucho más en encontrar esa idea que en llevarla a cabo”.

Pedro Viejo

No obstante, como puntualiza Viejo, la misión de una cubierta no consiste en “explicarte el libro, para eso te lo lees, sino en llamar la atención para que al lector le entren ganas de leérselo. Es su cara y su mejor publicidad, en un sector como el editorial en el que no hay presupuesto para eso”, argumenta. Ello implica, continúa, que además de “respetar los códigos de género, hay que ser original para destacar en el mar de libros que se publican cada mes”. Y es que, analiza, “hay demasiadas portadas hechas con la misma fórmula, pueden ser técnicamente perfectas, pero les falta alma y personalidad”. 

En ese sentido, aconseja, “a veces está bien colocar pistas o claves que se entenderán tras leerse el libro. A veces hay que ser explícito y otras hay que jugar al misterio y no contar mucho. El caso es que la portada no pase desapercibida, tiene que destacar de alguna manera. Esto no quiere decir que tengamos que poner siempre la cubierta en rojo y con el título en negrita, usar el minimalismo o provocar sorpresa por lo general suelen ser mejores estrategias”, aconseja.

Un trabajo de sedimentación

Por las peculiaridades de cada libro, el procedimiento varía de unos momentos a otros. La estrategia de Setanta en esta primera parte del proceso, por ejemplo, “es elevar las expectativas del encargo inicial, nos entusiasma dejarnos llevar y proponer ideas que superen los límites del proyecto, mirar desde lejos, tirar hacia atrás y cuestionar todos los elementos del diseño del libro, de la colección, de la identidad editorial… Intentamos aportar una visión global al cliente e ir afinando hasta llegar al diseño concreto”. 

Lo complicado, como afirma Galocha, es dar con la idea. “A veces se enquista y no sale nada… hasta que ves la luz”. Es entonces cuando todo encaja y algo hace click. “El inicio de cualquier encargo es mágico –afirma Coll–, ese momento en el que todo es posible es apasionante. También es muy gratificante ir creciendo con tus trabajos, diseñar contenidos con los que aprender, y ver en las estanterías los libros en los que hemos podido aportar nuestro granito de arena es muy emocionante”. 

Y es que, como cuenta Galocha, una vez das con la idea, “la parte más divertida es llevarla a cabo. Ese momento en el que encuentras el concepto y piensas en la mejor forma de hacerla realidad, ya sea con objetos o con ilustración vectorial, es el momento más divertido”. Es la parte del “diseño puro”, añade Viejo, cuando “se prueban mil cosas hasta que encuentro la mejor solución”.

En cuanto al tiempo invertido, puede variar dependiendo del encargo, como ya apuntaba Coll. A Viejo, por ejemplo, le suele llevar entre dos semanas y un mes. “Diseñar una cubierta es un trabajo de sedimentación, tienes que ir dejando reposar tu trabajo para, al día siguiente y con la mente fresca, ver si lo que has estado trabajando el día anterior vale la pena o no te convence. También hay que decir que habitualmente tengo varios proyectos en la mesa, por lo que voy saltando de uno a otro”, justifica.

“Hay que tener en cuenta que cada género tiene sus códigos, para respetarlos o transgredirlos —añade—. Y luego está el tono, algo más intangible pero igualmente importante para acercarte a la mente del lector. Es la ambientación, ese no sé qué que hace que la cubierta te transmita el libro”.

Buscando la libertad creativa

Tampoco se trabaja igual con unas editoriales que con otras o con unos escritores u otros. “Por lo general, los libros que son grandes apuestas y en los que la editorial tiene puestas muchas esperanzas están más guiados por los editores, con muchas opiniones y posibles tests de marketing –explica Viejo–. En cambio, en libros pequeños con menos aspiraciones, el grado de libertad es mayor. Me encanta cuando estas obras acaban triunfando y salen con una portada original. Es lo que hace moverse al diseño de cubiertas realmente”.  

Eric Coll

En Libros del KO, por ejemplo, Galocha presume de tener libertad total y tiempo para poder desarrollar sus ideas. “A veces incluso antes de que se haya escrito el libro me tomo un café con el autor y el editor y vamos hablando de ideas para la portada –avanza–. El diseño de portadas no es mi trabajo principal, es más una afición, un juego, mi manera de pasármelo bien, así que necesito eso, tiempo y libertad. Y nunca he tenido problema y siempre lo he disfrutado. Normalmente recibo por parte de los editores una sinopsis y el título y entonces empiezo a jugar con ideas. O me mandan unos capítulos para leer y ver el tono del libro. Una vez que tengo la idea entra la estética, como hacer bonito y atractivo ese concepto”.

Y es que, como sintetiza Coll, “cada editor es un mundo, y cada libro un universo distinto. Por la mañana puedes estar encargando una ilustración para la portada de un libro infantil y por la tarde diseñando una tipografía para un libro de artista. Con lo cual, sí, cambia mucho, y eso es una de las cosas más bonitas de esta profesión, que cada proyecto plantee distintas visiones y maneras de afrontarlo”.