¡Suscríbete a nuestra Newsletter y recibe todas las novedades!

El arte de la traducción, cuando la literatura rompe fronteras

Especialista en literatura comparada y teoría de la traducción, el filósofo George Steiner solía decir que “sin traducción habitaríamos provincias lindantes con el silencio”. Desde luego, al menos, el mundo se volvería mucho más pequeño. Y es que, custodios del universo de Las mil y una noches, la Divina Comedia, los cuentos de Chéjov, Crimen y Castigo o Madame Bovary, los traductores no solo cambian el idioma de la literatura, también interpretan y nos ayudan a comprender otras épocas y otras realidades. 

Cuenta Belén Santana que el último Premio de Traducción de Straelen, Adan Kovacsics, lo explicaba así: “Traducir es intuir, y a veces hasta experimentar, que existe una lengua común a todas las personas, solo por eso es posible la traducción”. Docente e investigadora en la Universidad de Salamanca a ella le debemos poder leer en castellano las obras de autores alemanes clásicos como Alfred Döblin y Siegfried Lenz, o, más contemporáneos, como Ingo Schulze, Julia Franck, Saša Stanišić, Yoko Tawada o Anne Weber, entre otros. “En unos tiempos tan centrados en las etiquetas y en el yo –comparte–, me gusta pensar que los traductores somos capaces de lograr, en ocasiones, esa comunión”.

Se trata, eso sí, de un compromiso “laborioso”, en el que “puedes pasar horas con una frase y hasta con una palabra –añade Ana Bustelo-. Es un trabajo duro, en el que se duda mucho y se agradece enormemente la ayuda de correctores y editores”. Traductora de escritoras como Penelope Fitzgerald, Elizabeth Taylor y Katherine Mansfield –aún pendiente esta última de su publicación–, confiesa que ella se considera a sí misma más editora. “La parte que más me gusta es cuando el cuerpo del texto está traducido y empieza la fase de revisión. Ese momento cuando se termina de dar forma, de pulir detalles o de adaptar con más precisión es igual de importante para un traductor que para un escritor”, precisa.

Alemania y el cómic español

Camino de ida y vuelta, si Santana y Bustelo hacen posible que lleguen a nuestras manos grandes títulos de la literatura extranjera, André Höchemer –traductor e intérprete en juicios–, es el encargado de darle voz a algunos de nuestros autores de novela gráfica en alemán. “Me muevo entre dos culturas e intento conseguir que ambas se comuniquen sin problema”, comenta. Él es, al menos, el responsable de que, desde 2011, en Alemania se puedan leer obras como El arte de volar, de Antonio Altarriba y Kim o Arrugas, de Paco Roca. No obstante, apunta, “el cómic español sigue teniendo una presencia minoritaria en el mercado alemán, y eso que hay muchos profesionales españoles dibujando cómics para Alemania desde hace décadas”. Series de cómics como Fix und Foxi, Bussi Bär, Yps, Knax, Benjamin Blümchen y Bibi Blocksberg “han entretenido a varias generaciones y millones de alemanes, sin que supieran que detrás hay dibujantes españoles”.

André Höchemer

Nacido en Alsfeld, desde que empezó, Höchemer ha traducido a autores como Max, Hugo Pratt, Álvaro Ortiz, Héctor Germán Oesterheld, Gabi Beltrán, Bartolomé Seguí, Miguelanxo Prado, Nadar, Francisco Ibáñez y Quino, entre otros.  “Hace años, cuando empecé a traducir las nuevas aventuras de Mortadelo y Filemón para Alemania, a mi familia y mis amigos les sorprendía porque conocen a Clever & Smart –como se llaman en alemán–, desde los años 70, pero no sabían que se trata de una serie española», recuerda. 

«Grandes nombres como Max, Paco Roca, Antonio Altarriba, Ana Miralles y Miguelanxo Prado han llegado al mercado de habla alemana gracias a traducciones directas del español; otros, como Jordi Lafebre, David Rubín, Emma Ríos, Natacha Bustos, Juan Díaz Canales, Juanjo Guarnido, Rubén Pellejero o Kenny Ruiz llegan a través de otros mercados, como el franco-belga, el estadounidense o el japonés. Por eso, queda mucho trabajo por delante para dar a conocer el talento que existe en España”, remarca el traductor que, dentro de las actividades de España como Invitado de Honor en la Feria del Libro de Fráncfort 2022, ha coordinado junto a Álvaro Pons, con el apoyo de Acción Cultural Española y la Cátedra de Estudios del Cómic, el proyecto Comic mit Akzent. Descubriendo el cómic español, que intenta contribuir a solventar esta carencia y promocionar el cómic español en Alemania.

Documentarse, un paso clave

Una vez en faena, no obstante, cada uno de estos tres profesionales utiliza sus propios recursos y se enfrenta a diferentes complejidades. “Depende mucho de cada libro –explica Santana–. No es lo mismo traducir una novela de suspense, donde puede ser hasta recomendable no leer el libro previamente, por aquello de compartir con el lector original esa expectación de ‘quién es el asesino’, que retraducir un clásico, para lo cual será necesario documentarse exhaustivamente sobre el autor, la obra y las traducciones previas, aunque no creo que sea recomendable consultarlas hasta tener lista tu propia versión. Otro supuesto sería traducir la continuación de una saga fantástica, en cuyo caso es importante consultar la terminología de las entregas anteriores para garantizar la coherencia”, analiza. 

Belén Santana

Para Santana, que también ha traducido obras de ensayo de Sebastian Haffner, Caroline Emcke o Navid Kermani y algunos títulos de literatura infantil y juvenil, una de las cosas que más se  disfruta “es la fase de ‘lecturas paralelas’ que acompaña cada traducción: esto puede incluir otras obras del mismo autor –originales o traducidas–, pero también obras similares de otros autores, o de la misma época, escritas originalmente en español. Esto de las lecturas se amplía lógicamente al mundo audiovisual, de modo que puede haber películas, series, exposiciones y hasta canciones paralelas. Cada libro es un mundo, aunque las más de las veces se impone el factor tiempo”, reconoce.

Precisamente, en esta línea, se mueve también Bustelo que comparte que, en su caso, al traducir más libros de no ficción, no es común que existan otras traducciones, ni hay demasiado tiempo para leer otras obras del autor. “En este sentido, suelo buscar bibliografía sobre el tema antes de ponerme a traducir. Después irán surgiendo dudas que no encuentro en estas fuentes y que voy anotando, para consultar en una biblioteca o con algún experto en la materia. También me suelo hacer un glosario en Excel de cómo he ido traduciendo términos para después unificar y comprobar”.

“En cuanto a la ficción –continúa–, acabo de traducir unos cuentos de Katherine Mansfield y he consultado varias traducciones cuando había palabras o expresiones que no encontraba por ninguna parte. Finalmente, muchas de las dudas las he resuelto gracias a una enorme cantidad de artículos que he encontrado sobre ella en Google Académico, en una web que se llama JSTOR. Es una maravilla. De Mansfield había leído muchos de sus cuentos antes de que me ofrecieran esta oportunidad y sí, he aprovechado para seguir leyendo otros mientras traducía, porque descubres que muchos temas, e incluso objetos y expresiones, se repiten en varios de sus textos y ayuda mucho”, comparte.

Las peculiaridades del idioma

Pero, ¿qué ocurre cuando, más allá de la ficción o no ficción se trabaja con una novela gráfica? La cosa cambia, en parte, si se trata de la traducción de un cómic. Según explica Höchemer, hay varios aspectos que limitan su trabajo como la relación entre el texto y la imagen, y el espacio disponible para la traducción. “En un cómic, la imagen lo es todo –desarrolla–. Si, por ejemplo, en español se dice que alguien ‘es un perro viejo’, y se relaciona con la imagen de un perro, prevalece la imagen, ya que no se puede modificar. En este caso, habrá que adaptar el texto para recoger esa referencia al perro, aunque la traducción literal al alemán sería ‘ein alter Hase sein’ (‘ser una liebre vieja’). Y si, por ejemplo, un bocadillo es muy pequeño y solo contiene un escueto ‘adiós’, no puedo traducirlo como ‘auf Wiedersehen’, porque no cabría. Por eso, tendré que optar por algo corto como ‘tschüss’ o ‘tschau’, si el contexto lo permite”. 

“Estas circunstancias –añade– hacen que traducir un cómic sea como resolver un rompecabezas, ya que hay que traducir teniendo en cuenta el espacio disponible y la imagen que acompaña al texto. En este sentido, se parece un poco a la subtitulación, que cuenta con limitaciones parecidas. Otro aspecto particular del cómic es la llamada oralidad fingida, ya que hay muchos diálogos, y tienen que sonar igual de naturales en la traducción que en el original”.

En cuanto a las particularidades del castellano, Höchemer explica que tiene una estructura muy diferente al alemán, “por lo que requiere traducciones lo suficientemente libres como para que no se note justamente que son traducciones. Esto empieza por la formación de conceptos y palabras, ya que el castellano utiliza cadenas de palabras, como ‘maestro de escuela primaria’, mientras el alemán prefiere palabras compuestas, en este caso ‘Grundschullehrer’. También la sintaxis de ambos idiomas es muy diferente, y hay que despegarse de la estructura del original para expresar y transmitir lo mismo y que suene natural. Y eso que hay expresiones que se parecen peligrosamente, pero que no son iguales. En castellano decís ‘no tener pies ni cabeza’, pero la expresión equivalente en alemán es ‘weder Hand noch Fuß haben’ (‘no tener manos ni pies’), así que hay que tener cuidado y no dejarse ‘contaminar’ por el original”. 

Entre el estilo y los matices

El oficio, además, requiere una especial atención a otros elementos. Como explica Bustelo, “en ficción –que me parece mucho más complicado que la no ficción–, la dificultad está en mantener el estilo del autor; el tono en el que narra la historia; el ambiente en el que se desarrollan los acontecimientos, pero también el ambiente de la época y el lenguaje, con sus giros y expresiones; la ironía, si la hay; la sutileza; los matices…”.  

Ana Bustelo

 “Siempre hay aspectos concretos que no son fáciles –tercia en este sentido Santana–, como los dialectos, el humor, los juegos de palabras, la rima, algunos referentes culturales, pero creo que, salvo quizá casos muy extremos de literatura experimental, los traductores somos artistas de lo posible, sobre todo teniendo en cuenta que, como decía Svetlana Geier, otra gran traductora, ‘las lenguas no son compatibles’. Lejos de resultar una obviedad, esta afirmación reivindica la labor poco reconocida de tantos traductores que cada día hacen posible lo difícil. Me parece importante incidir en la posibilidad más que en la dificultad”.

Y es que, más allá de la transcripción en sí misma, traducir es en parte escribir. “La traducción es una forma muy particular de lectura, de interpretación y de reescritura de la obra original que finaliza, por así decirlo, con la creación de un nuevo original”, sostiene la Profesora Titular. Eso no quiere decir, alega, que uno pueda hacer lo que quiera con el texto de partida, “pero es evidente que puede haber varias traducciones de un mismo original, todas ellas distintas y a la vez válidas. Lo importante es que el traductor sea consciente de sus decisiones. En lo que respecta a la creatividad, es conocida la idea de que la traducción, en sí misma, es un género literario”.

Y eso a pesar de que, como refrenda Bustelo, “se parte de algo dado”. “El traductor no puede inventar, tiene que atenerse a un marco, es una creación terminada –argumenta–. Pero tiene que ser creativo para lograr trasladar un ambiente y un contexto a una lengua en la que quizá no ha existido nunca ese ambiente”. 

Un trabajo mano a mano

Ambos, escritor y traductor, trabajan en una armonía conjunta difícilmente divisible. De ahí que a veces, se produzcan historias curiosas como la que relata Santana. “Recuerdo que, en una de mis primeras traducciones, dio la casualidad de que el autor no sólo vivía en Berlín –cuenta–, donde yo también vivía por entonces, sino además dos calles más allá de la mía. Así, no solo tuve ocasión de consultarle alguna duda en vivo y en directo y sin pantalla de por medio, sino que él incluso acabó llamando por teléfono sobre la marcha a su traductora rusa en San Petersburgo para que me explicara la forma concreta que tiene un pastel típico que salía en la novela, situada en esa ciudad. Lo mejor de todo es que a ninguno de los tres nos pareció algo extraño: los traductores somos los lectores más atentos”, señala.

Desde aquellos primeros años de vocación hasta la fecha, la profesión también ha cambiado para bien. Traductora de best sellers como Las 48 leyes del poder, de Robert Greene –con César Vidal, de Espasa Calpe–, Bustelo, que cuenta además que, en 1987, estuvo a punto de utilizar como pseudónimo Ana Botella –una mezcla de Bustelo y Tortella– para la traducción de Sexo para uno, de Betty Dodson, jamás cobró derechos de autor por aquellos títulos. “Hasta hace muy poco se hacían unos contratos draconianos de 15 años de duración y sin incluir un porcentaje de estos derechos –lamenta–. Por no hablar de la cantidad de artículos y fascículos que he traducido en los que ni siquiera aparece mi nombre”.

Historias, como interpretaciones, hay casi infinitas dentro del oficio. Por concluir con una nota cómica, el propio Höchemer que, además de traducir cómics y novelas gráficas, es intérprete en procesos civiles, bromea con que la mayoría de las historias divertidas que le han sucedido son, precisamente, en juicios o bodas. “Una anécdota más bien salvaje fue cuando tuve que traducir en un tanatorio, en el encuentro entre la viuda y la examante del difunto, porque ahí se intercambiaron muchas ‘impresiones’ en español y alemán”, comparte. Probablemente esa situación daría a más de uno para escribir toda una novela. Pero eso, ya imaginarán, es otra historia.