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Escribir teatro hoy: la dramaturgia española sale a escena

Dice Lucía Carballal que, si observamos la historia de la literatura en España, algunos de nuestros mejores autores han sido también dramaturgos. No hace falta ni que empiece a enumerarlos. Los nombres afloran rápido. De Lope de Vega a García Lorca, pasando por Fernando de Rojas, Calderón de la Barca, Valle-Inclán o el propio Miguel de Cervantes, todos ellos se desenvolvieron bien en esta práctica que Alberto Conejero define como literatura “híbrida y movediza” y Ernesto Caballero como “escribir en relieve, diseminando en el texto dinámicos embriones de teatralidad”. 

Más allá de su amor por una vocación que les ha hecho llenar butacas y escenarios, en lo que estos tres dramaturgos contemporáneos coinciden también es en celebrar que son buenos tiempos para el teatro en España. Y no solo por el Premio Princesa de Asturias de las Letras que recibió Juan Mayorga hace unas semanas. Para contarlo, abrimos el telón del teatro español y conversamos con ellos sobre qué significa escribir dramaturgia hoy, y cuáles son sus principales tendencias y sus temáticas.

Premio Valle-Inclán por El laberinto mágico, Premio Max a la mejor adaptación teatral por El señor Ibrahim y las flores del Corán y Premio de la Crítica Teatral de Madrid por sus obras Auto y Rezagados, Ernesto Caballero fue reconocido también en el extranjero cuando, en 2019, Francia le distinguió con la Orden de las Artes y las Letras. Actor, director y dramaturgo, además de dirigir con nota el Centro Dramático Nacional durante nada menos que ocho años, está considerado uno de los grandes de la escena española hoy por todo ello. Y es que Caballero siempre tuvo claro que lo suyo era puro teatro. 

Los inicios de una vocación

“Desde muy temprana edad me sentí atraído por la lectura de obras de teatro. Disfrutaba íntimamente imaginando posibles puestas en escena. Poco después decidí consagrar mis esfuerzos al arte del teatro, primero como actor y posteriormente como director. Finalmente di el paso a escribir textos con perspectiva de puesta en escena”, recuerda el dramaturgo que vuelve de forma recurrente siempre a los grandes autores del siglo pasado como Brecht, Beckett, Ionesco, Pirandello… “También siento debilidad por los humoristas españoles como Ramón, Mihura, Jardiel… Y luego, claro, los grandes clásicos –añade–. Esquilo, Shakespeare, Calderón…”.

Como a él, a Lucía Carballal la vocación le venía desde niña. Autora de títulos como Los temporales, Una vida americana, La resistencia, Las bárbaras o La actriz y la incertidumbre, reunidas por la editorial La Uña Rota en el volumen Las últimas, la dramaturga cuenta que ya desde la infancia más remota sintió curiosidad por contar historias. “Empecé a acudir a clases de interpretación no con el objetivo de ser actriz, sino en un momento de la adolescencia en el que necesitaba alguna actividad que me ayudara a abrirme, a sentirme mejor –recuerda–. En ese sentido, fue un poco casual encontrarme con el teatro de una manera más intensa de la que esperaba. Yo asociaba la dramaturgia a una escritura de autores que eran célebres, que habían pasado a la posteridad. Pensaba en Lorca, Valle-Inclán, Shakespeare, en los grandes nombres que había estudiado en el instituto, pero no tenía conciencia de que se podía escribir teatro, y muy rápidamente pasé de la interpretación a la escritura”. 

Aquello, dice, le puso en contacto con las piezas de dramaturgos vivos como Sergi Belbel. “En ese momento era una gran referencia para toda mi generación. Puso en valor la dramaturgia coincidiendo también con una época de mucho esplendor del teatro catalán y fue muy relevante para muchos de nosotros”, afirma la escritora, que ya con 18 años había compuesto su primera obra de teatro representada en el escenario por un grupo universitario. 

Para Alberto Conejero, Premio Nacional de Literatura Dramática en 2019​ por su obra La geometría del trigo, lo suyo, en cambio, no se trató de una ‘elección’. “La literatura dramática siempre contiene la esperanza del encuentro con otras personas en el mismo espacio y tiempo, de desplegar todo su contenido en esa inmensa caja de resonancia poética que es el escenario –reflexiona–. Por haber sido un niño muy solitario, quizá la literatura dramática me empujaba a esa reunión con los demás. Siempre me ha hecho feliz –o menos triste– escribir para el teatro. No sé de dónde nace una vocación, en qué momento nace un deseo tan incombustible, pero sí recuerdo el momento de su reconocimiento: la lectura de Bodas de sangre, de Federico García Lorca, siendo adolescente”.

Autor que ha bebido “de Eurípides a Chéjov, de Angélica Liddell a La Zaranda, de Shakespeare a Sarah Kane, de Koltès a Mouawad” sus obras se han representado, además de en Madrid, en Buenos Aires, Londres, Montevideo, Moscú o Atenas. De entre sus compatriotas, cuenta, destacaría a muchísimos. “Para no entrar en listados, hablaré en esta ocasión de una persona que representa a muchísimas: acaban de concederle el Max a la mejor autoría a María Velasco, una autora formidable. Hay que leerla y verla en los escenarios”, recomienda.

Una escritura movediza y en relieve

Pero ¿qué peculiaridades tiene la escritura de teatro que la diferencia de otras formas narrativas? “Lo más particular es que la dramaturgia tiene una doble naturaleza: tiene un valor literario y, al mismo tiempo, la vocación de ser representada, de llegar al escenario –responde Carballal–. Por tanto, se entiende a sí misma como un material que va a seguir siendo desarrollado en manos de otras personas, que va a ser traducido por la mirada del director, que va a entrar en el cuerpo de unos intérpretes”. 

Esa doble naturaleza, continúa, forma también parte de la propia técnica. “Cuando escribes teatro estás siempre pensando en la sonoridad de esas palabras en un escenario o en el efecto que puede tener ese texto sobre una audiencia a la que se va a dirigir”. 

En las palabras, precisamente, se centra Caballero cuando afirma que “el diálogo es la herramienta fundamental para describir personajes, crear situaciones y lograr que avance la acción”, pero “por otro lado, la palabra rehúye la explicitud –subraya–, siempre esconde latencias y significados que escapan a la literalidad de su enunciado. La palabra, en definitiva, denota lo que hacen los personajes más que lo que dicen estos, aunque se trata fundamentalmente de una palabra para ser encarnada en el cuerpo de los actores, una palabra que se proyecta al exterior”, coincide con Carballal. Aunque añade un último matiz: “Por otro lado, el silencio muchas veces es el texto que más sentido produce en el escenario”.

Y es que, como apunta Conejero, la dramaturgia “es una literatura híbrida, movediza. Está ahí, aparentemente quieta, diríase fijada, pero desde la primera línea muestra su necesidad de cuerpo, de materia, de ser detonada  por alguien ante otro en el mismo espacio y tiempo. Es a la vez puerto de llegada y de partida, y pide que se sumen otros imaginarios —primero el del lector, luego el de los intérpretes y todos los que hacen el teatro— para ser otra cosa además de lo que ya es», defiende. «Esta condición doble de la literatura dramática a veces ha sido la excusa para arrinconarla. Tan cierto es que Calderón, Valle o Lorca han escrito algunas de las mejores páginas de nuestra literatura  como que toda su literatura dramática no fue escrita para permanecer solamente en el folio”. 

La particularidad del teatro, remacha Carballal, “es la capacidad de convocar a la ciudad a una hora y un lugar determinado donde la ciudad se reúne para observarse a sí misma. Esto es una cosa que Juan Mayorga siempre dice y que me parece lo más hermoso que he escuchado sobre la propia actividad de la escritura teatral”, opina la dramaturga, exalumna del Premio Princesa de este año.

Una escena efervescente 

Ahora bien, tanto Caballero, como Carballal y Conejero celebran que en España vivimos hoy una gran efervescencia de literatura dramática. “La escritura actual se abre a lo narrativo y a otros géneros procedentes del medio audiovisual. Un radical eclecticismo, acaso herencia del posmodernismo, puede llegar a aunar textos filosóficos con eslóganes publicitarios –describe el más experimentado de los tres–. El concepto de piece ben faite ha quedado obsoleto. Muchas de estas propuestas evidencian la condición de citas textuales, buscan un efecto de distancia irónica tanto en los actores como en el público. Las temáticas son variadas, pero muchas de ellas gravitan en torno a la corrección política imperante; unas para reafirmar sus postulados, otras para refutarlos con humor. También proliferan los relatos autoficcionales, así como cierta modalidad de teatro documental que persigue indagar en contenidos ajenos a las narrativas oficiales”.

Por fortuna, añade Conejero, las artes escénicas en nuestro país son diversas. “El llamado “teatro de texto” convive con el teatro físico, el teatro de objetos, la danza, etc. y a cada paso se dan procesos de hibridación, de resonancia, siempre dentro de la multiplicidad de sus formas y temas», explica. «Por su  condición matérica y fugaz, el teatro es muy sensible al ánimo de todos los que participan de él: creadores y espectadores. Venimos de un periodo, el de la pandemia, en el que fuimos privados de teatro. Esa ausencia nos sirvió para darnos cuenta de lo triste que sería un mundo sin su existencia”, recuerda el dramaturgo que es la prueba evidente de que sin las artes escénicas no se podría vivir, ya que él mismo dejó una beca doctoral a medias en 2013 para dedicarse por completo a escribir teatro.

Saliendo de los márgenes

Por su parte, para Carballal, la escena española actual es complicada de definir. “Sucede en todas las disciplinas. Tiene que ver también con las redes sociales, con tener el foco en tantos lugares a la vez, con la crisis que existe ahora mismo en la crítica y con el exceso de voces, también con lo positivo que eso tiene», opina. «Es difícil hacer una panorámica que sienta certera porque quizás es complicado trazar un movimiento. Desde mi pequeña atalaya yo percibo que existe un interés por cuestionar los propios mecanismos del teatro, por lo metaficcional y la autoficción”.

A la más joven de los tres, aún le sorprende el apoyo de su familia cuando decidió emprender esta senda. “Realmente es un camino muy complicado –reflexiona–. Casi todos nosotros hemos encontrado, con mucho esfuerzo, una fórmula que nos permita escribir con libertad y tratar de no estar dependiendo constantemente del favor del público o de que los teatros te programen. La dependencia de ese éxito comercial, al menos en mi caso, es quizás lo que más daño hace a los autores. Sí creo que, si lo comparo con el momento en que yo comencé, la dramaturgia ha ido recibiendo más atención”, apunta. 

Reconocimientos como el reciente Premio Princesa de Asturias a Juan Mayorga lo avalan. “El hecho de que se premie a un dramaturgo también es un gesto de atención a esta disciplina que muchas veces ha sido relegada a los márgenes”, insiste. Y es que, como apunta Caballero, este galardón supone “una muy feliz restitución y reconocimiento de un género en que se ha escrito buena parte del patrimonio literario de la humanidad y que, por desgracia, aún brilla por su ausencia en muchos espacios culturales”.