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Escribir y publicar en España, un reto con distintos caminos 

La fórmula del éxito no está escrita. Pierre Lemaitre contaba hace poco en su último libro cómo su primera novela, Irène, había sido rechazada por veintidós editoriales antes de que la publicaran. El escritor inglés de novelas policiales R. J. Ellory fue más concienzudo. Escribió veintidós novelas antes de conseguir llamar la atención con Candlemoth. La persistencia es, desde luego, una de las bazas a jugar si quieres alcanzar tus objetivos. Hay quien llega a la ficción por otros medios, quien autopublica o quien se matricula en un curso de escritura que le ayude a lograr el impulso definitivo. 

Cualquier camino es válido si la dicha es buena. Para muestra, la de estos cinco escritores noveles, Alejandro Simón Partal, Bibiana Candia, Montserrat Iglesias, Layla Martínez y Blanca Cabañas, que nos cuentan cómo vivieron ellos la escritura de su primera ficción y cómo es publicar en España. ¿Habrá segunda parte?

Alejandro Simón Partal ya había escrito algo de ensayo y poesía cuando debutó en la ficción con La parcela (Caballo de Troya, 2021), la historia sobre un profesor de literatura española que al llegar a Francia, huyendo de su pasado, conoce a un chico sirio que cambia su existencia. Cuenta que la novela le rondaba desde que él mismo vivió y dio clases en Boulogne-sur-Mer, en el norte de Francia, durante 2015 y 2016. “Durante estos años la he tenido dentro hasta que pude permitirme escribirla –precisa–. No fue una decisión premeditada, solo podía ser contada de esta manera. No había otro género posible. Y me he encontrado muy cómodo narrando esta historia. Lo he disfrutado mucho, más allá de las agonías inevitables durante el proceso”.

Como ya había publicado antes, para Simón Partal saltar a la ficción no resultó complicado pero él mismo reconoce que su experiencia no es la norma. “Se la envié a Jonás Trueba, que es amigo y editor invitado en Caballo de Troya, y confió en ella con todo el entusiasmo”. Sin embargo, añade, “estoy seguro de que los buenos libros acaban encontrando su camino. No creo que hayamos vivido el mejor momento para eso. Otra cosa distinta es publicar en determinadas editoriales donde es difícil colarse. Pero la obsesión no tiene que ser esa”, aconseja

De la realidad a la ficción

Como Simón, Bibiana Candia ya había escrito antes algunos relatos y algo de poesía, aunque menos sencillo le resultó publicar su primera novela Azucre (Pepitas de calabaza, 2021). “Tuve muy mala y a la vez muy buena suerte –reconoce–. Terminé el manuscrito en octubre de 2019 y después de unas últimas correcciones empecé a enviarlo para su publicación en diciembre. Era consciente de que no lo tenía fácil por el tema y el modo en cómo estaba contada. Necesitaba una editorial que entendiese la novela tal y como era, que no tratase de cambiarla sustancialmente”. 

Pero “a primeros de marzo de 2020 llegó la pandemia y el mundo entero se paralizó», continúa. «Aún así seguí insistiendo en las editoriales en las que me parecía que Azucre podía encajar. Recibí algunos ‘noes’ e indiferencia hasta que finalmente, en octubre de 2020, Pepitas de calabaza me llamó”.

En Azucre la autora cuenta la historia real de 1.700 jóvenes que viajaron a Cuba para trabajar y terminaron vendidos como esclavos por Urbano Feijóo, un gallego que, aprovechando la situación de necesidad de sus compatriotas, promovió una campaña de colonización blanca y sustitución de la mano de obra llevada desde África. “La historia llegó a mí de manera casual, a través de una amiga, y se convirtió inmediatamente en una obsesión, nunca pensé que mi primera novela estaría basada en un suceso real del siglo XIX pero los caminos de la ficción nos dan estas sorpresas”, afirma.

En cuanto a escribir por primera vez una novela, afirma que “supuso un esfuerzo muy técnico y a la vez muy atractivo”. “Más que sentir vértigo por el género literario al que me enfrentaba lo sentí, y muy intenso, por la historia real que inspira la novela –comparte–. Me preocupaba crear personajes suficientemente sólidos que estuviesen a la altura de contar en clave de ficción un hecho real. Mi objetivo era llevar a la memoria popular un suceso poco conocido de nuestra historia y enmendar así la realidad a través de la ficción. Para eso necesitaba una estructura que mantuviese a los lectores enganchados sin trampas sentimentales y una voz narrativa que me permitiese entrar y salir de la trama según fuese necesario”. 

Una memoria perdida

Por su parte, cuando Montserrat Iglesias se matriculó en el máster de narrativa de la Escuela de Escritores de Madrid llevaba 25 años sin escribir ficción. “Mis abuelos, mi padre y mi tío nacieron en Linares del Arroyo, un pueblo de la meseta española –recuerda la escritora sobre el origen de su primera novela, La marca del agua–. Tuvieron que abandonarlo a principios de los años 50 por la construcción de uno de los más de seiscientos pantanos que se hicieron durante el franquismo. Era un paraje bellísimo, incrustado en lo que hoy es el Parque Natural de las Hoces del Río Riaza (Segovia), y aunque no resultaba fácil vivir en él, ante todo era la tierra en la que estaban sus muertos y en la que ellos esperaban morir”.

De aquel abandono, comenta, nació la nostalgia por Linares y de esa nostalgia surgió un cuento, El pantano, que luego se transformó en novela. “Durante el primer año en la Escuela intenté varias veces sacar adelante algún relato basado en aquellos hechos –afirma–. No lo conseguiría hasta darme cuenta de que debía despegarme de la estricta realidad y crear un mundo totalmente ficticio en el que se pudiera respirar un verdadero sentimiento de pérdida”.

Profesora de Lengua y Literatura en secundaria, Iglesias terminó su novela La marca del agua en agosto de 2020 y en febrero de 2021 ya había firmado contrato con Lumen. “Me avergüenza un poco decir que yo no pasé por los calvarios que transitan muchos, la mayoría, de los escritores noveles –confiesa. Ni siquiera moví el manuscrito. No lo mandé a ningún sitio porque en el informe final que me entregó sobre él un profesor de la Escuela, al que respeto muchísimo, me indicaba que la obra era excelente pero impublicable en España. Sin embargo, cuando la Escuela de Escritores organizó su encuentro anual con editores a finales de enero me presenté por no reprocharme no haber intentado nada”.

Fue allí cuando María Fasce, editora de Alfaguara y Lumen, le pidió que le enviara el manuscrito. Dos semanas después tenía su respuesta. La marca del agua se publicó en octubre de ese mismo año.

En busca de justicia

Para Layla Martínez, del mismo modo, publicar tampoco resultó complicado. “En mi caso fue fácil porque la novela fue contratada por la editorial Amor de Madre antes de estar escrita –reconoce–. Me habían pedido un relato para una antología y les gustó, así que pensamos en alargarlo. Ese relato acabó siendo el primer capítulo de Carcoma, aunque luego tuvo bastantes modificaciones”.

Halagada por escritoras como Mariana Enriquez o Belén Gopegui, su novela, cuenta, “surgió como una venganza” por la historia de abusos y violencia que han sufrido las mujeres de su familia. “Quería que, al menos en la ficción, se pudiera restituir ese daño. En cuanto al proceso de escritura, Enriquez dijo en una entrevista que el acto de escribir tiene mucho de proceso mediúmnico y la verdad es que para mí es totalmente así. Con esta novela he tenido la sensación de que los personajes me hablaban, de que escuchaba las voces de la casa de mi abuela, las que hay por los montes de mi pueblo, y yo transcribía lo que decían. A veces esa transcripción era compleja y dolorosa porque me removía, o porque no conseguía expresar exactamente lo que me estaban diciendo, pero tenía la sensación de que era una historia que alguien me estaba contando”, comparte.  

Para ella lo más complicado fue encontrar el tono narrativo. “Cómo reflejar la rabia, el asco, el odio. Todo eso que las protagonistas tienen ahí agarrado en las tripas. Para construirlo utilicé libros de autores que también han escrito un poco desde ahí, en los que había personajes que también tenían esa rabia y ese odio: Páradais y Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor; Las tierras arrasadas y El cielo árido, de Emiliano Monge; La pianista, de Elfriede Jelinek; Claus y Lucas, de Agota Kristof. Todo ello me ayudó a dar forma a esas voces que yo oía”.

La experiencia de autopublicar primero

Hay quien, como Blanca Cabañas, prefirió no esperar al calvario de enviar el manuscrito y decidió autopublicar directamente en Amazon antes de llegar a una editorial. La estrategia no le funcionó mal. Su novela Perro que no ladra acaba de ser publicada en Suma de Letras. “La principal razón fue que desconocía cómo llegar a una editorial tradicional grande y me daba miedo que acabara en una editorial donde no la movieran lo suficiente», explica. 

«Si te paras a leer por internet encuentras experiencias nefastas de escritores noveles en editoriales cuestionables. Amazon te deja ser la jefa de todo el proceso, aunque también la artesana. Fue un trabajo muy duro, intenso y laborioso, pero también ilusionante», reconoce la escritora. «Mimé hasta el último detalle y el 20 de diciembre de 2020 salió a la venta en la plataforma. Entonces, comenzó todo el proceso de marketing. Llamé a todas las puertas posibles y superé con creces las expectativas de venta. Aprendí muchísimo. La autopublicación me dio tablas, me formó, me ayudó a conocer bookstagrammers que dedican muchísimas horas a la lectura y saben muchísimo del mundo editorial. Repetiría el camino sin duda”.

Maestra de educación especial y pedagoga, comenta que a raíz de un máster en Atención Temprana y Necesidades Educativas Especiales empezó a interesarse por la neuroeducación, ciencia pionera en estudiar los efectos del aprendizaje en el cerebro. Fue así como tropezó con la idea inicial de su novela: una historia de suspense sobre una joven que, tras 14 años sin saber nada de su familia, regresa a Chiclana de la Frontera, donde el recuerdo de un viejo suceso, la desaparición de una niña en extrañas circunstancias, empezará a rondarla.

Una vez terminada, Cabañas sostiene que ella autopublicó sin ninguna pretensión. “Solo quería tener mi historia en forma de libro y Amazon me servía para ello. Sin embargo, la acogida fue tan abrumadora y el feedback tan positivo que me armé de valor y al mes de haber autopublicado envié el manuscrito a tres o cuatro editoriales”. Noventa días después Suma de Letras se mostró interesada en publicarlo. “Lo viví y lo sigo viviendo como un sueño”, celebra.

Repetir el éxito

¿Y ahora? Una vez publicada la primera novela, surge la cuestión, ¿cómo abordar el segundo título? ¿Podrán mantener el interés? “Narrativamente Azucre ha sido un desafío –confiesa Candia–, en cuanto a forma y fondo, pero sobre todo ha sido apasionante hasta el punto de que en cuanto terminé de escribirla solo podía pensar en volver a empezar otra novela. Enfrentarse a la narración en completa soledad, es adictivo”. Sin embargo, añade, “claro que impone saber que hay lectores esperándote pero también es una suerte tremenda tener ya un público pendiente de ti. Es una gran responsabilidad, por supuesto, pero nunca un miedo”.

Aunque opina que cuesta romper con la barrera de volver a escribir, hace tiempo que, por su parte, Iglesias se embarcó en un segundo título. “Es completamente independiente a La marca del agua, pero la he concebido como la segunda parte de un díptico: la primera es la novela de los abuelos, Sol de mañana (ese es el título provisional) es la novela de los padres. Me encuentro en la primera fase de mi proceso de escritura, el que llamo ‘de engorde’, en el que estructuro milimétricamente la novela; el plan es que el segundo, el ‘de adelgazamiento’, cuando hay que transformar todo ese esquema en palabra literaria, comience después del verano”.

Quien todavía no ha empezado es Martínez, aunque reconoce que ahora mismo siente “ganas y miedo”. “Tengo los sentimientos muy mezclados –comparte–. Por un lado, me parece imposible que el éxito de Carcoma no me pese, que no exista el deseo de que el siguiente guste tanto o más que este. Por otro, tengo ganas de ponerme ya con ella, porque de momento solo estoy en fase de tomar notas. Para evitar la parálisis intento pensar en escribir lo que me salga de dentro y hacerlo lo mejor posible. Un autor tampoco puede hacer otra cosa, porque escribir pensando únicamente en lo que le gustará a la gente no funciona, se nota falso. No digo que no se utilicen herramientas para generar tensión en la trama o para que la gente empatice con los personajes y quiera seguir leyendo, pero un libro no puede ser solo eso, tiene que haber verdad en él, porque si no enseguida se nota que solo hay tramoya pero no hay obra”.

Siempre cuesta, coincide Cabañas. “En mi caso porque quería hacer algo totalmente diferente. No quería utilizar la misma receta. Quería cambiar de narrador, de protagonistas, de tono, de fuente de conocimiento. Me he documentado muchísimo más que la anterior vez y he descubierto para ello un mundo totalmente diferente. Ahora mismo solo es un borrador, este verano cuando acabe el curso escolar y las oposiciones de magisterio me volcaré de lleno en ella”. 

Y es que, como opina Simón Partal, más que un reto el segundo libro es una necesidad. “Estoy escribiendo otra novela porque necesito hacerlo. Escribo porque tengo algún desajuste o problema que intento aliviar de esta manera. No quiero publicar un libro que no me queme dentro. Y espero no hacerlo nunca”.