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Jacinto Benavente, centenario del Nobel al teatro español

Estaba en Argentina, de gira con la actriz Lola Membrives y su compañía de teatro, cuando el 9 de noviembre de 1922 la Academia Sueca decidió concederle el Premio Nobel de Literatura a Jacinto Benavente. Cuenta una crónica local que la primera en enterarse fue la actriz, que, emocionada, compró una botella de champán para celebrarlo. Suponemos que el dramaturgo brindó por la buena nueva, pero el segundo español que recibía tan ilustre galardón después de José Echegaray, se lo tomó con calma y decidió seguir con su tournée

Cuando el 10 de diciembre se celebró el Banquete del Nobel en el Grand Hotel de Estocolmo quien pronunció el discurso de agradecimiento fue el conde de Torata, embajador de España en el país. Él también fue el encargado de recibir de manos del rey de Suecia el premio en metálico, la medalla en oro de 23 quilates y el diploma que este entregaba a los galardonados. Todas las distinciones, incluido el cheque expedido por el Stockholms Enskilda Bank por valor de 122.482,56 coronas (unos 12.000 euros en la actualidad) que Benavente nunca llegó a cobrar, se conservan hoy en el Archivo Histórico Nacional.

En el diploma figura el motivo por el que se le otorgó el Nobel: “Por haber continuado las tradiciones gloriosas del teatro español”. Cuando todo esto sucedió, sus obras ya habían sido publicadas y estrenadas tanto en Europa como en América. De hecho, La Malquerida llevaba más de 300 representaciones en el Belmont Theatre de Nueva York, tras una gira de más de mil funciones por todo Estados Unidos. 

Jacinto Benavente nació el 12 de agosto de 1866 en Madrid. Estudió Derecho aunque abandonó la carrera tras la muerte de su padre para dedicarse, gracias a la herencia recibida, a sus dos grandes pasiones: viajar, lo hizo por toda Europa, incluida Rusia, y el teatro. Este entusiasmo dramático le acompañaba desde la infancia, cuando junto a sus hermanos construyó un pequeño teatrillo donde representaban obras del repertorio clásico español. «Para mí escribir comedias siempre fue aquel mismo juego de niño. Pero, ¿hay nada que los niños tomen más en serio que los juegos?», escribió en 1928 en el diario ABC, en el que era columnista. 

Cuando fue galardonado con el Nobel tenía 56 años de edad y 28 de experiencia como autor teatral. La primera obra que estrenó en 1894, El nido ajeno, obtuvo un escaso éxito de público y crítica. A nadie pareció convencer, a excepción de Azorín, que ya desde el principio vio su clara vocación renovadora del género. 

El reconocimiento le llegó con el siglo XX. Comenzó con La noche del sábado (1903) y Rosas de otoño (1905) y culminó con el estreno de Los intereses creados el 9 de diciembre de 1907 en el teatro Lara de Madrid. A pesar de que el público todavía estaba acostumbrado al teatro ampuloso y anquilosado del momento, recibió con algarabía su audaz modernidad. Aquella noche, como los toreros, fue llevado a hombros desde la sala a su casa en la calle Atocha. 

“En numerosa ovación fue proclamada mi mejor obra. No es cosa de llevar la contraria al público. Hoy la escribiría de otra manera: más en tono de farsa. Ya no es pecado escribir farsas; pero enemigo como soy de corregir mis obras, aunque tuviera la seguridad de mejorarlas, así durará… lo que el público quiera”, dijo en ABC con motivo del 23 aniversario del estreno de una obra de la que él solo esperaba un éxito moderado, “que fuera una obra de público y, por tanto, de dinero”. Otra de sus grandes aportaciones fue considerar el teatro un negocio que debía ser rentable. 

Pero no solo el público apreciaba la grandeza de sus creaciones. Miguel de Unamuno dijo del escritor en 1910: “Soy uno de los que creen que nuestro Benavente no tiene hoy quien le supere como autor dramático; que su obra vale tanto, por lo menos, como la de Sudermann o Hauptmann, y, sin embargo, Benavente no goza en Europa del crédito que gozan Hauptmann o Sudermann, ni es tan traducido como estos. Y ello se debe ante todo a que España no puede poner detrás de Los intereses creados de Benavente, los cañones y los acorazados que Alemania pone detrás de La campana sumergida de Hauptmann”.

Otra de sus obras más célebres de esa etapa es La malquerida (1913), en la que perpetúa sus ansias de renovación formal y estética. Estamos ante un prolífico autor que escribió más de 170 piezas teatrales, además de poesía (Versos, 1983), cuentos, periodismo y cultivó otros géneros como en Cartas de mujeres (1893) y Pensamientos (1931).

El autor dramático más importante de nuestra literatura después del Siglo de Oro fue un hombre en perpetua ambigüedad ideológica. Durante la Primera Guerra Mundial se declaró germanófilo. En 1918 fue elegido diputado en Cortes por Madrid con el partido Conservador de Antonio Maura, aunque duró poco en el cargo ya que solo un año después aquellas Cortes fueron disueltas. En 1933 fue cofundador de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, que tenía como objetivo dar a conocer los logros y la problemática del socialismo de la URSS. Durante la Guerra Civil permaneció en Madrid y posteriormente se trasladó a Valencia, convertida en segunda capital de la República. Al terminar la contienda subió a la tribuna presidencial desde la que se daba la bienvenida a las tropas nacionales.

En 1912, a propuesta de José Echegaray, Jacinto Octavio Picón y José Rodríguez Carracido, Benavente fue elegido para ocupar el sillón “l” de la Real Academia Española. Para tal ocasión tampoco redactó ningún discurso y siguió sin hacerlo hasta que a petición propia fue nombrado académico de honor en 1946 y dejó vacante la silla.

Pedro Álvarez de Miranda, en su discurso de ingreso en la RAE en 2011, dijo que Jacinto Benavente hizo circular el rumor de que “un temor supersticioso lo atenazaba, en virtud del cual no solo no creía que estos escaños garantizaban la inmortalidad, sino que, justamente al contrario, la lectura del preceptivo discurso más bien podía acelerar la llamada de la Parca”.La parca no llamó a la puerta del gran renovador de la comedia española hasta el 14 de julio de 1954. Tenía 87 años y como dijo Carl August Hegberg, miembro de la Academia Sueca, en aquel banquete al que no acudió para recoger su Nobel de Literatura: “Hay muchas opiniones respecto de su obra escénica, pero nadie ha podido negar su fantástico talento”

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