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José Hierro, cien años del poeta de la palabra sencilla

Contaba el propio José Hierro que cuando en varias ocasiones le tentaron con un asiento en la Real Academia Española, se vio obligado a declinar la oferta porque no podría acudir en metro, sin corbata y con alpargatas. Finalmente aceptó la propuesta y en 1999 fue elegido académico, aunque no tomó posesión, ya que falleció antes de leer su discurso de ingreso. Conocido por su humildad, Hierro solía presumir de buscar la palabra sencilla. “Igual que se habla en la realidad debe hablar el poeta –afirmó en una ocasión en una entrevista–, debe dar esa ilusión de lo real”. 

Figura emblemática de la poesía española del siglo XX, su voz representó a la llamada poesía desarraigada dentro de la conocida como primera generación de la posguerra, junto a nombres como Blas de Otero, Gabriel Celaya o Ángela Figuera. Nacido en una calle céntrica de Madrid el 3 de abril de 1922, hace ahora cien años, Hierro creció en Santander, donde comenzó la carrera de perito industrial hasta que, en 1936, tras estallar la Guerra Civil española, tuvo que abandonar los estudios. 

Tras la detención de su padre en 1937, que permaneció prisionero hasta 1941, el propio Hierro pasó por la cárcel acusado de colaborar con una red de ayuda y socorro a los presos. Comenzó así una ruta por los penales de Santander, Comendadoras, Palencia, Porlier, Torrijos, Segovia y Alcalá de Henares que duraría desde 1939 hasta enero de 1944, fecha en la que fue puesto en libertad. Irónicamente, pocos días después, murió su padre. 

Fundador de la revista Proel, junto a Carlos Salomón, del recuerdo de aquellos días, surgieron sus primeros poemarios, en los que plasmaría muchos de los sucesos vividos durante la contienda, como la muerte de su progenitor, la interrupción de sus estudios y el descubrimiento de la generación del 27. Influenciado por Lope de Vega, Juan Ramón Jiménez o Gerardo Diego –a quien reconocía como su «padre espiritual»–, en 1947 se dio a conocer con Tierra sin nosotros. “Serenidad, tú para el muerto/ que yo estoy vivo y pido lucha”, escribió en los primeros versos de uno de los poemas de esta obra donde comenzaría a desarrollar lo que para muchos sería su poesía social, aunque él siempre fue algo reticente con el apelativo. 

Una carrera lenta y minuciosa

Premio Adonáis ese mismo año por Alegría, en su segundo título, aunque aún con aire pesimista, se revolvía contra el desasosiego inicial y abonaba el territorio para la esperanza con versos como: “Llegué por el dolor a la alegría./ Supe por el dolor que el alma existe”

Lento y minucioso, grafómano inquieto siempre haciendo y rehaciendo versos y uno de los mejores rapsodas de nuestro siglo XX, capaz de emocionar a cualquier auditorio declamando sus versos, Hierro solía sentarse a componer fuera de su casa en un bar de la calle Ciudad de Barcelona, en Madrid.

Así escribía. A mano, en ‘la oficina’, en cuadernos, en folios o en cuartillas que acababan repletas de tachones. Tantos, tan persistentes, que vivía con la certeza de que terminaría deforestando Europa con sus versos; páginas que copiaba y que rompía, reescribía y arrojaba después a la basura en la búsqueda, baldía muchas veces, de la palabra exacta –de diamante purísimo, decía: caminante, verano, roca, playa–, esa precisamente que convocaba el resto del poema como un mágico hechizo”, narra el escritor Jesús Marchamalo en Hierro fumando, la breve y tierna biografía, ilustrada por Antonio Santos, que ha publicado Nórdica por el centenario del poeta.

A sus primeros títulos le acompañaron otros como Con las piedras, con el viento, Quinta del 42, Estatuas adyacentes y Cuanto sé de mí. En 1964 publicó Libro de las alucinaciones, donde experimentó con los límites estéticos de su obra, y se produjo el primer parón importante de su producción poética hasta que en 1991 regresó con Agenda y Prehistoria literaria

Del uso de sonetos al poema largo en verso libre, en Cuaderno de Nueva York, publicado en 1998, Hierro regresaba a algunos de sus grandes temas como la ciudad de Nueva York, la música, la tradición poética española, los recuerdos de la infancia, los juegos entre baja y alta cultura. Aquel título que constituyó para muchos su obra cumbre, supuso además un éxito sin precedentes, al alcanzar los 40.000 ejemplares vendidos, un dato que desconcertaba al propio poeta. 

Un reconocimiento unánime

Siempre aspiré a que mis palabras,
las que llevo al papel,
continuasen llorando
de pena, de felicidad, de desesperanza,
al fin, todo es lo mismo,
porque yo las había llorado antes.

Escribió en ‘A orillas del East River’, de este último poemario. Esa sencillez en la búsqueda de las palabras, sin abusar de las metáforas, tuvo también su recompensa. A lo largo de su trayectoria, el poeta obtuvo los premios más importantes del mundo poético y un reconocimiento unánime, especialmente de los lectores, a quienes profesaba un cariño mutuo y sincero. Premio de la Crítica en 1957, 1964 y 1998, por Cuaderno de Nueva York obtuvo el Premio Nacional de Literatura, galardón que ya había obtenido también en 1954 por Antología.

Fue además Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1981, por “el intenso valor lírico de su obra, que supone a la vez un testimonio histórico y una actitud ética”, así como Premio Fundación Pablo Iglesias en 1986, Premio Nacional de las Letras Españolas en 1990, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1995 y Premio Cervantes en 1998.

Además de poeta, a lo largo de su vida Hierro fue crítico de arte y trabajó en Radio Nacional desde la década de los 50 hasta su jubilación en 1987. Murió el 21 de diciembre de 2002 en Madrid. Tras su muerte, quedó el consuelo de sus versos como los de su poema «El Muerto» de Alegría

¡Será ya primavera allá arriba!
Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría
no podré morir nunca.
Pero yo que he tocado una vez las agudas agujas del pino
no podré morir nunca.
Morirán los que nunca jamás sorprendieron
aquel vago pasar de la loca alegría.
Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
no podré morir nunca.

Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mí.

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