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La literatura que habita la España vaciada

Con un éxodo cada vez más amplio del pueblo a la urbe, la ciudad le da la espalda a lo rural, pero no la literatura. De la España profunda a la España vacía o vaciada, hay un paso. Entre estos dos términos, varias corrientes. También alguna que otra generación. Como ya lo hicieran Benito Pérez Galdós, Miguel Delibes, Camilo José Cela o, más recientemente, Julio Llamazares con La lluvia amarilla, varios son los escritores españoles que en los últimos años han alejado sus plumas de las grandes urbes y han puesto la mirada en los problemas del campo y su despoblación. 

Sergio del Molino lo llamó La España vacía. Mezcla de ensayo y libro de viajes, de memorias y novela, en esta obra publicada por la editorial Turner en 2016, el escritor de La hora violeta proponía un viaje histórico, biográfico y sentimental por un “país” deshabitado dentro de España a partir de un dato: en solo veinte años, entre 1950 y 1970, el campo español se vació hasta el punto de que solo en Escandinavia encontrábamos unas densidades de población tan bajas como las de nuestros pueblos. “Hay dos Españas, pero no son las de Machado. Hay una España urbana y europea y otra España interior y despoblada, que he llamado España vacía. La comunicación entre ambas ha sido y es difícil. A menudo, parecen países extranjeros uno del otro. Y, sin embargo, la España urbana no se entiende sin la vacía. Los fantasmas de la segunda están en las casas de la primera”, escribía entre sus páginas el periodista que en 2021 publicó una especie de continuación de esta idea en Contra la España vacía (Alfaguara).

Para la cordobesa María Sánchez, la España vacía no está vacía. Quedan las marcas, las tierras abandonadas, las líneas que conforman los huertos y sembrados. Quedan, también, las personas y sus oficios. Es por eso que ella prefiere acuñar mejor el término vaciada, al tiempo que aboga por romper estereotipos —ni la España negra ni el idílico entorno natural para los urbanitas veraneantes—, y por escribir del campo desde el campo. Veterinaria de profesión, especializada en caprino de leche, por el día recorre sola en su furgoneta la España más rural y por la noche aprovecha para escribir. Autora de títulos como Tierra de mujeres (Seix Barral, 2019), donde reivindicaba el papel de la mujer en la cultura y la vida de nuestros pueblos, se dio a conocer en 2017 con el poemario Cuaderno de campo (La Bella Varsovia), donde escribía entre sus versos: “Algo así tiene que ser el hogar:/ Oír fandangos mientras las ovejas van/ tras sus corderos./ Rebuscar con los dedos las raíces./ Ofrecer a los tubérculos los tobillos”. 

Con títulos como estos, una nueva ola había empezado a germinar, lo rural empezaba a despuntar no solo como tema literario, sino también como punto de interés entre los lectores. Sorprendente resultó cuando en 2018 Santiago Lorenzo se colocó entre los más vendidos con su novela Los asquerosos, editada por Blackie Books, y que ha sido adaptada después al teatro. Esta historia que cuenta la huída de su protagonista, Manuel, a una aldea abandonada y su relato de supervivencia a base de libros Austral, vegetales de los alrededores y alguna pequeña compra, fue defendida por la editorial con la sugerente descripción de ser una versión de Robinson Crusoe ambientada en la España vacía, y pronto se hizo viral.

Vivir el campo y contarlo

Con el foco dirigido también al campo, Gabi Martínez deslizó otro dato: en España el 84 % de las razas ganaderas autóctonas está hoy en peligro de extinción. Fue antes de 2020, cuando el escritor decidió probar suerte en el rural y alejarse de la imagen del urbanita que va de visita al pueblo y escribe desde esas antípodas. En pleno invierno, el escritor se instaló como aprendiz de pastor en la llamada Siberia extremeña, sin calefacción ni agua corriente, para experimentar la forma de vida que su madre había conocido de niña. “Cuando llegué a Extremadura como aprendiz de pastor, las noches enfriaban bajo cero y la sequía angustiaba a ganaderos y campesinos después de tres años prácticamente sin lluvia —escribe en Un cambio de verdad, que publicó con Seix Barral en 2020—. Tenía la misión de supervisar a un rebaño de más de cuatrocientas ovejas en la finca que el amigo de un amigo de un pariente lejano había puesto a mi disposición”. 

Como él, otro que decidió dejarlo todo por su vuelta al campo fue Rafael Navarro de Castro. Veterano guionista en el sector audiovisual, donde trabajó 15 años en Madrid, un día decidió vender la buhardilla de 30 metros cuadrados que tenía en Tribunal y comprar con aquel dinero un terreno de una hectárea en un pueblo de Granada. En 2019, publicó su primer y único libro hasta la fecha, La tierra desnuda (Alfaguara), donde narraba la vida de un agricultor desde su nacimiento hasta su muerte en un recorrido que le permitía trazar la historia de la España rural en el último siglo.


Del sector audiovisual al campo, como Navarro de Castro, Beatriz Montañez decidió cambiar el plató de televisión de un programa en prime time por una cabaña de piedra abandonada, sin nadie a menos de 25 kilómetros a la redonda. Aislada, provista tan solo de una tarjeta de débito y un teléfono, se dedicó a escribir y a leer mientras trataba de reconectar consigo misma. Cuando en 2021 lo contó en Niadela (Errata Naturae), llevaba ya cinco años de ermitaña. “En mi guarida me protejo de la telaraña de la humanidad, me resisto al amparo de la permanencia, donde el efecto hipnótico de la repetición de cada día automatiza la vida; en el silencio de mi guarida aprendo a hablar, y en la soledad, a valorar la compañía”, arrullaba entre sus páginas.

De la realidad a la ficción rural

Con humor, y desde la ficción, se tomó el tema Daniel Gascón en la historia de Un hipster en la España vacía  (Literatura Random House, 2020) que continuó un año después con La muerte del hipster. Su personaje, como Montañez o Navarro de Castro, decide retirarse a un pueblo de Teruel para frenar el ritmo de la ciudad y termina por convertirse en su alcalde en este retrato irónico y caricaturesco del choque entre la distorsionada visión urbanita sobre todo lo rural.

Por su parte, más hacia lo literario, Lara Moreno se adelantó en 2013 a todas estas corrientes con Por si se va la luz (Lumen). Como un retrato íntimo y una huída hacia el interior, en estas páginas la poeta contaba la historia de Martín y Nadia, una pareja que decide romper con todo e instalarse en un pueblo remoto habitado únicamente por tres personas. Su novela era también un relato de desposesión: “Hemos traído cincuenta libros, todos por leer. Apenas un cuarto de la ropa que teníamos, contando en ese cuarto la de invierno, verano y entretiempo. Los únicos fármacos que nos acompañan son los parches anticonceptivos de Nadia, tenemos para seis meses. Luego no habrá más”, contaban sus personajes en primera persona. 

Como Moreno, Jesús Carrasco, narraba también en 2013 en su apabullante debut Intemperie (Seix Barral) la huida de un niño a través de un país castigado por la sequía y la violencia, donde el entorno y una naturaleza inhóspita adquirían un importante protagonismo. Continuando la exploración de esta veta, en 2021 publicó Llévame a casa (Seix Barral), la historia de un hombre, Juan, que se ve obligado a abandonar su vida en Edimburgo y regresar a su pequeño pueblo natal tras la muerte de su padre.

En este sugestivo puzzle literario, con un fuerte lirismo se impone Manuel Astur en San, el libro de los milagros (Acantilado, 2020), cuando escribe: «Hay un instante en los serenos ocasos de verano en que cualquiera diría que los objetos brillan, como si devolvieran parte de la generosa luz que recibieron a lo largo del día. Era entonces cuando Marcelino dejaba lo que estuviera haciendo, se incorporaba, se pasaba el dorso de la mano por la frente y contemplaba el valle a sus pies. Todo relucía y resonaba como una campana de luz dorada. También aquel ocaso de julio Marcelino se detuvo y contempló. La casa, el hórreo, el carro, todo resplandecía recortado contra el cielo azul profundo donde el primer lucero comenzaba a anunciar la nueva era». Con un toque de realismo mágico o folclórico, Astur recreaba aquí el drama rural de una familia desestructurada.

Y de Asturias a la región catalana viajamos con Irene Solà, que ambientó allí su segunda novela, Canto yo y la montaña baila (Anagrama, 2019), la historia coral de una familia que vive en un pueblecito, de nombre Matavaques, localizado en una zona de alta montaña y de frontera. Voces de hombres, mujeres y fantasmas se dan paso en este título, que obtuvo el premio de Literatura de la Unión Europea para España, y que agavilla también las palabras de las nubes y setas, perros y corzos que habitan esta zona de los Pirineos. 

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