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Libros para el verano, ¿qué recomiendan los libreros?

Llegan las altas temperaturas, los planes de piscina o, en el mejor de los casos, las excursiones junto al mar, y de fondo sobrevuela lo más importante, ¿qué libro nos llevamos? Y es que, como bromea Paco Goyanes, el propietario de la librería Cálamo de Zaragoza, “llevarte un libro a la playa o la piscina no es un vicio de los peores, más bien al contrario. Amén de entretener, algunos títulos pueden favorecer las relaciones humanas e incluso servir de flotador”. Pero, para asegurarnos de que ese chaleco salvavidas funcione realmente, no vaya a ser que nos llevemos el libro equivocado, si es que existe libro erróneo, les hemos pedido al propio Goyanes y varios profesionales del sector que nos recomienden a algunos de los escritores españoles que no deben faltar, bajo ningún concepto, en nuestra bolsa de verano. 

Si de bajar las temperaturas se trata, ¿qué mejor que una ventisca? La señora Potter no es exactamente Santa Claus (Literatura Random House) de Laura Fernández, es la primera candidata que nos sugieren en la librería Letras Corsarias de Salamanca. Esta novela, cuentan, “es como una bola de nieve que va cosechando premios de los de a ras de tierra (Finestres, Ojo Crítico, Celsius)”. Quizá, aventuran, la carrera de Fernández también es así, “años leyendo y esparciendo pasión por la literatura y convirtiendo todo eso en una escritura con un estilo propio marciano y una profunda ligereza que por fin ha alcanzado a un número amplio de lectores”.

En este menú de cinco platos y un postre que nos sugieren en la librería charra, hay también espacio para el teatro. Las últimas (La uÑa RoTa), de Lucía Carballal es “un compendio de sus últimas cinco obras” que “respira inteligencia”, sostienen. La dramaturga merece figurar aquí porque “escribe un teatro poroso, honesto y febril. Político en el sentido en el que explora y traza mapas y constelaciones de los conflictos de nuestro tiempo: una visión intergeneracional del feminismo, identidad, precariedad laboral y vital, necesidad de reconocimiento… Construye personajes alejados de lo maniqueo, juega con la ‘falsa comedia’, utiliza los silencios y el ritmo de manera admirable”. 

Desde Cataluña nos llega su tercera propuesta, Tierras muertas (Sajalín). “Núria Bendicho Giró cosechó un gran éxito en catalán y lo celebramos con uno de los grandes debuts de la temporada. Aires mitológicos y telúricos, de Faulkner y de Blasco Ibáñez, para una novela que arriesga en lo formal y que indaga en una paz aparente pero llena de opresiones oscuras e invisibles. Drama rural se queda corto como etiqueta”, describen sobre esta ópera prima que da paso a su cuarto plato: Palabras del Egeo (Acantilado) de Pedro Olalla.

Y es que Olalla, argumentan, es “un especialista en captar la esencia de lo heleno y traerla al presente: colorear los restos, darle vida a la arqueología, buscar en nosotros aquel agón: el don de la inquietud, la superación consciente de uno mismo en la búsqueda del sentido”. En este título, el autor da un paso más. “Aventura –entre la historia, la filología, la literatura y el mito– la existencia de una cultura egea, los llamados pelasgos, que sería el origen de todo el proceso civilizatorio de occidente desde el Neolítico. Tal vez sí, tal vez no, pero el intento es fabuloso y lleno de goce”, celebran.

En medio de esta lista de títulos y autores, en Letras Corsarias rinden un bonito recuerdo a Francisco Casavella, que murió en diciembre de 2008. “No está ya para ferias, pero a quien intuyó el espíritu de las fiestas no podemos dejar de recordarle en verano, cuando a mediados de agosto siempre celebramos El día del Watusi (Anagrama). No hay mucho más que decir. De Casavella se es o no se es, y aquí somos”, tercian.

Es entonces, cuando llegamos al postre o a este bonus track, que han querido añadir desde Salamanca. “Escribe Marta D. Riezu sobre Casavella en Agua y jabón. Apuntes sobre la elegancia involuntaria (Anagrama): ‘Quien esté seco por dentro y se acerque a su trabajo no entenderá nada. Casavella le parecerá una rareza, una fruta sin árbol y sin nombre. Los demás seguiremos asintiendo salvajemente cada vez que lo leamos’. Marta entra directamente en esta selección por un libro, su único libro, que es una delicia para el verano: traguitos cortos, por cualquier página se abre y se da de inmediato como una flor. Un compendio de lecturas, observaciones, de mirar el mundo con las gafas de la cultura”, explican.

Y por si aún les quedan dudas ellos mismos nos preguntan si se tratan estas de lecturas apropiadas para pasar un buen verano. “Sí –responden–. Laura refresca con tanta nieve. Las obras de Lucía tendrían que estar ya disponibles en todas las plataformas que ves de noche. La de Núria para la piscina del pueblo o la poza en el río. Pedro Olalla para el Mediterráneo, claro, cuanto más al Este mejor. Casavella y Marta, para ese momento en el que arden las calles al sol de poniente y hay tribus ocultas cerca del río esperando a que caiga la noche”. ¿Se lo van a perder?

Emociones a flor de piel

Pero, un momento, que aún hay más. Para Paco Goyanes, por ejemplo, en su bolsa de este verano no pueden faltar textos como el de una de las revelaciones del curso literario. Bajamar (Literatura Random House), de Aroa Moreno Durán es una historia sobre madres e hijas de diferentes generaciones que van tejiendo una genealogía por secretos familiares y enfrentamientos que las han ido distanciando y alejando a lo largo de los años. Pero también, hay espacio para una obra como Cauterio (Anagrama) de Lucía Lijtmaer, una novela sobre la huida del dolor como forma de supervivencia y la rebelión ante los roles de género contemporáneos. 

Si les sobra hueco, asegúrense de guardar también, según las recomendaciones de Goyanes, la que dicen que es la novela más emotiva de Rafael Reig, El río de cenizas (Tusquets), el relato sobre los días finales de un hombre que, en una residencia, mientras la pandemia avanza, trata de redimirse. Así como, Tríptico de la tierra de Mercè Ibarz, un híbrido entre ensayo y crónica personal por el que su autora explora las fronteras entre varios géneros literarios, paisajes y generaciones. ¿Nexo en común entre estos títulos?, se pregunta el propietario de Cálamo, “ninguno, salvo tal vez su diversidad estilística y temática”.

Después, “para cuando esté tostado por exceso de sol y busque la sombra, el vermut y la banderilla, nada mejor que un par de ensayos sesudos pero entretenidos”, tercia: España fea. El caos urbano, el mayor fracaso de la democracia de Andrés Rubio o, como ya recomendaban en Letras Corsarias, Palabras del Egeo de Pedro Olalla. “Con un poco de suerte con estas lecturas llegaré sano y salvo al otoño: no me gusta el calor”, bromea.

Experiencia y juventud

Pero si aún no están del todo convencidos, no se apuren. Lola Larumbe, de la librería Rafael Alberti de Madrid, también nos presenta unas suculentas propuestas literarias para llevarse a la playa, a la piscina o a la casa del pueblo. Empezando por Una historia ridícula (Tusquets), de Luis Landero. “Sus últimos libros, desde hace unos diez años para acá, están muy cerca de la maestría y el último tiene todos los ingredientes que caracterizan su escritura –destaca la profesional–. Es una prosa natural, ligera, llena de matices y sin ningún tipo de sobrecargas. Una manera de decir directa, clara y bella, que es uno de sus mayores logros. La historia de un hombre contemporáneo con todos los problemas y todos los defectos que puedan tener en un momento como este. Con un gran sentido del humor, te hace reflexionar sobre ti mismo y sobre la vida de las personas en este tiempo que nos ha tocado vivir”.

Por otro lado, destaca Larumbe, “me gustaría recomendar a tres escritoras jóvenes que llevan poco tiempo en el mundo editorial, pero tienen ya voz propia”. La primera de ellas, Marta Jiménez Serrano, se dio a conocer con Los nombres propios (Sexto Piso). Su escritura, define, “es un verdadero ejercicio de delicadeza y de mimo. Es una novela sobre la construcción individual de una mujer en España desde los 90 hasta ahora, el tránsito de la infancia a la primera juventud. A mí me gusta especialmente porque con muy pocos mimbres, con una escritura muy sencilla, arma todo un complejo de vidas, la suya propia y la de todas las personas que la rodean. Es muy generacional”, defiende.

Primera novela como la de Jiménez Serrano es también el título, tan veraniego, de Eva Cruz, Veinte años de sol. Recientemente publicada por AdN, “también es una novela con una enorme madurez –comparte Larumbe–. Lo que narra es la amistad entre dos mujeres, desde la adolescencia hasta la madurez, y cómo esa amistad, que es el soporte de la protagonista, se va desgastando por la vida, las relaciones, los amores y las frustraciones. Hay muchas más cosas en torno a ella, pero ese es uno de los ejes fundamentales. Es una novela muy bonita que podía tener como referencia a Carmen Martin Gaite o Ana María Matute, escritoras ya consagradas de la literatura española”. 

Y, ahora sí, cierra el círculo la última de sus propuestas. El último hombre blanco (Literatura Random House), de Nuria Labari. “Si en La mejor madre del mundo ella indagaba sobre las sorpresas que supone la llegada de la maternidad y los hijos a la vida de una mujer joven, la idealización de la maternidad, de lo que supone la crianza de esos hijos y la convivencia de la vida personal con esa crianza, en esta traza una digresión muy interesante que parte de una idea que ya esboza en las primeras páginas del libro: la idea de que todos y todas, pero sobre todo todas, llevamos a ese hombre blanco muy interiorizado y no hemos sido capaces de terminar con él”.

Una reflexión que pasa por cuestionar nuestra “manera de estar, de convivir en competitividad” o del uso que le damos a palabras como “éxito o carrera”. Se trata de repensar “esas palabras que están muy interiorizadas en las mujeres de esta última generación y que por ahí es por donde hay que empezar –sostiene–. No solamente corregir los destrozos del heteropatriarcado, sino esa forma de estar en el mundo, determinados valores muy masculinos que nosotras también hemos terminado asumiendo”.