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Literatura de bar: historias de café, humo y palabrería

Contaba hace unos meses el escritor y cineasta Gonzalo Suárez que, más que cualquier otra cosa, lo que más había echado en falta durante la cuarentena, era poder bajar al bar de su calle. No estaba solo en esto. Ya en sus últimos años era frecuente ver a José Hierro en la cafetería La Moderna, al lado de su casa en Madrid, acompañado de una bombona de oxígeno. Como era su costumbre desde hacía años, el poeta solía sentarse cada tarde en aquel establecimiento para poder componer poemas hasta el cierre, entre el jaleo y el murmullo, los cascos de las botellas y el rechinar de las copas al chocar.  

Espacio de ocio, de inspiración y de reunión entre escritores a lo largo de los siglos, los bares han sido testigos fidedignos de glorias pasadas, caldo de relatos y epicentro de anécdotas. Lugares hoy ya cerrados, como el café Derby de Santiago de Compostela, donde según se cuenta, pasó los días de sus últimos años Ramón María del Valle-Inclán o el mítico Fornos de Madrid, célebre por sus variadas tertulias literarias, frecuentado unas décadas antes por escritores como Azorín, Pío Baroja o Benito Pérez Galdós, y cuya inauguración en 1870 contó con un reportaje firmado por Gustavo Adolfo Bécquer para el periódico La ilustración

También ha desaparecido hoy el café Pombo, situado en el número 4 de la calle de Carretas de la capital, que popularizó las tertulias que en su sótano mantuvo Ramón Gómez de la Serna los sábados por la tarde junto a otros jóvenes intelectuales y que el pintor José Gutiérrez Solana inmortalizó en uno de sus cuadros. 

Madrid de barra en barra

Otros locales míticos de Madrid son el Comercial, inaugurado en 1887 en la glorieta de Bilbao, que aún continúa abierto y por cuyo espacio resuenan aún mezclados los ecos de los pasos de Antonio Machado, Edgar Neville, Enrique Jardiel Poncela, Blas de Otero, Gabriel Celaya, Gloria Fuertes o Enrique Tierno Galván con los de José Hierro, Luis García Montero o Arturo Pérez-Reverte, entre otros.  

O el legendario Café Gijón, situado en el número 21 del paseo de Recoletos, donde aún hoy se celebra el fallo del premio de novela que lleva su nombre, creado por Fernando Fernán Gómez en 1949. Inaugurado en 1888, entre los primeros clientes de este establecimiento figuraban Santiago Ramón y Cajal o los citados Galdós y Valle-Inclán. Sobre él escribió Francisco Umbral en su novela La noche que llegué al café Gijón en 1977 las memorias sobre sus inicios literarios. No podía ser de otra forma. Algunos bares guardan la esencia de toda literatura.

MADRID- CAFE GIJON Europa Press

“La primera noche que entré en el Café Gijón puede que fuese una noche de sábado —recordaba el autor de Mortal y rosa—. Había humo, tertulias, un nudo de gente en pie, entre la barra y las mesas, que no podía moverse en ninguna dirección, y algunas caras vagamente conocidas, famosas, populares, a las que en aquel momento no supe poner nombre. Podían ser viejas actrices, podían ser prestigiosos homosexuales, podían ser cualquier cosa. Yo había llegado a Madrid para dar una lectura de cuentos en el aula pequeña del Ateneo, traído por José Hierro, y encontré, no sé cómo, un hueco en uno de los sofás del café”.

Estatuas, conciertos y comilonas

Bien para escribir, bien para mezclarse con otros intelectuales con las mismas inquietudes, estos locales fueron en su tiempo el lugar para abrir la mente y desarrollar el talento. Ya fuera de Madrid, con más de un siglo de historia, entre los diez más antiguos de España, se encuentra el café Novelty en Salamanca. Fundado en mayo de 1905, el más longevo de la ciudad, su privilegiada localización, dentro de la monumental Plaza Mayor, hacía de él una parada obligada. Hasta allí, al menos, acudía cada tarde Miguel de Unamuno. Lejos del jaleo y del murmullo asegurado, al filósofo español, ya fuera invierno o verano, le gustaba ocupar una de las mesas de la terraza con vistas a la plaza. 

Frecuentado por escritores actuales como Víctor García de la Concha o Jorge Volpi, Carmen Martín Gaite era también habitual de este establecimiento al que acudieron además Mario Vargas Llosa, Paco Umbral, Juan Marsé o Guillermo Cabrera Infante. Ninguno eso sí, como el incondicional Gonzalo Torrente Ballester, por el que, tras su muerte en el año 2000, se instaló como homenaje en su rincón favorito, junto a la entrada, sentada en una de las mesas, una estatua de bronce realizada por su amigo, el escultor Fernando Mayoral

Estatua en homenaje a Gonzalo Torrente Ballester

De Salamanca a Granada, La Tertulia, uno de los locales más jóvenes de esta lista, pero con solera literaria, fue inaugurado en 1980. Hoy lugar de conciertos, en este espacio al que solían acudir Rafael Alberti, Ángel González o Mario Benedetti cuando viajaban por Granada, unos jóvenes Javier Egea, Álvaro Salvador y Luis García Montero idearon su manifiesto poético, La otra sentimentalidad.  Pero si uno lo que quiere es una vuelta al pasado, ocupado hoy por el bar Chikito, el antiguo café Alameda, ya desaparecido, acogió desde 1920 una tertulia que, bajo el nombre de El Rinconcillo, dio cobijo a incondicionales como Federico García Lorca, su hermano Francisco y Manuel de Falla

Por último, un restaurante de novela. Inaugurado en 1929 durante la Exposición Internacional de Barcelona, Casa Leopoldo era el restaurante favorito de Pepe Carvalho, el emblemático detective de Manuel Vázquez Montalbán. Habitual del mismo, el escritor solía recomendar este lugar de cocina tradicional catalana ubicado en el casco antiguo de Barcelona, en la Rambla del Raval. Cuna de intelectuales, Juan Marsé solía acudir también a este local que acogió tertulias literarias en las que participaron, además del autor de Últimas tardes con Teresa o Si te dicen que caí, otros escritores como Eduardo Mendoza, Maruja Torres o Terenci Moix.